(s.m.) La última carta pastoral del patriarca de Jerusalén de los latinos, Pierbattista Pizzaballa – difundida por Settimo Cielo en el post anterior – ha generado mucha atención no solo en el ámbito cristiano, sino también entre los judíos de Israel y de la diáspora.
Lo que sigue es el comentario que nos ha enviado uno de los israelitas más autorizados, Sergio Della Pergola (en la foto), profesor emérito de la Universidad Hebrea de Jerusalén y especialista de fama mundial en la demografía y la sociología del judaísmo.
Della Pergola comprende plenamente y respeta el enfoque bíblico y teológico, más que geopolítico, de la carta de Pizzaballa. Sin embargo, no puede evitar identificar, en las decenas de páginas del texto, juicios que también son políticos, en particular sobre esa decisiva "línea divisoria" que fue la masacre de civiles judíos cometida por Hamás el 7 de octubre de 2023.
Y son precisamente las dos líneas en las que Pizzaballa escribe que esa masacre, con la subsiguiente guerra en Gaza, "para los palestinos representa la última y dramática fase de una larga historia de humillaciones y éxodos" las que llevan a Della Pergola a afirmar que basta ese juicio clamorosamente erróneo para "cerrar el camino a cualquier posible futura reflexión común o diálogo entre la parte católica y la parte judía sobre el 7 de octubre, sobre el antes y el después".
Los únicos e inciertos resquicios de diálogo que Della Pergola ve abrir por parte de Pizzaballa son, en todo caso, con la contraparte musulmana, no con el judaísmo. Y efectivamente, es el mismo cardenal quien reconoce, en un pasaje de la carta, su dificultad de comprensión incluso con el reducido número de judíos de fe católica que viven en Israel, a quienes promete más momentos de encuentro para romper su "soledad" en "una Iglesia que quizás no sienten totalmente como suya".
Por no hablar de las diferentes corrientes que dividen al judaísmo, algunas de las cuales son hostiles hasta la violencia contra los cristianos y están completamente cerradas a cualquier diálogo. Un diálogo que con el Concilio Vaticano II dio sus primeros pasos pero que aún está en gran parte por construir.
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“El cardenal no ha entendido o ha optado por no entender"
por Sergio Della Pergola
La carta pastoral del cardenal Pierbattista Pizzaballa "Volvieron a Jerusalén con gran alegría" estimula algunas reflexiones, desde la perspectiva de un judío que vive en Israel.
El cardenal Pizzaballa desempeña el cargo de patriarca latino de Jerusalén desde noviembre de 2020, después de haber sido administrador apostólico del mismo patriarcado de 2016 a 2020 y custodio de Tierra Santa de 2004 a 2016. Anteriormente, de 1995 a 1999 había estudiado para su doctorado en la Universidad de Jerusalén y desde 1990 –desde su ordenación como sacerdote– había estudiado teología bíblica en el "Studium Biblicum Franciscanum" de Jerusalén. Por lo tanto, el cardenal vive en Jerusalén desde hace más de 36 años, habla con fluidez el hebreo (además del árabe) y conoce como pocos la ciudad y el país circundante. Es sin duda el observador católico más longevo y competente de Jerusalén, Israel y Palestina. Es una voz influyente de la Iglesia católica apostólica romana como miembro del Sacro Colegio desde 2023, tras su nombramiento como cardenal por el papa Francisco. Nadie mejor que él conoce y es capaz de analizar las complejidades del sistema político del Estado de Israel, además de la diáspora judía que –se quiera o no– está indisolublemente involucrada en las decisiones y dilemas del Estado. De estas premisas parten las expectativas del lector.
Un documento muy detallado, fino y analítico como la carta pastoral del patriarca de Tierra Santa no parece simplemente un documento diocesano para distribuir a unos pocos miles de fieles, porque esa es la magnitud de la población católica sobre los 15 millones totales de habitantes en el territorio de Israel y Palestina (además de los 11,5 millones en Jordania y el millón y medio en Chipre) donde se desarrolla la actividad diocesana de Pizzaballa. Parece más plausible pensar, más bien, que se trata de una síntesis de las impresiones y reflexiones maduradas durante más de 35 años de actividad pastoral, como si se tratara de entregar a todos un legado, un programa. "El propósito –se lee– es ayudar a cada uno a interrogarse sobre cómo vivir hoy la fe cristiana en esta tierra a la luz del Evangelio".
El documento es explícitamente una guía espiritual y no un análisis geopolítico. Sin embargo, cabe preguntarse hasta qué punto ambas partes pueden permanecer desconectadas y cuánto se puede desatender la realidad concreta para que el documento mantenga su relevancia. La realidad es que la Iglesia católica –dejando de lado por el momento Jordania y Chipre– opera en el Estado de Israel, donde existe una mayoría de judíos, y en Cisjordania y Gaza, donde existe una mayoría de árabes musulmanes. Las condiciones jurídicas, institucionales y políticas de estos lugares son diferentes, pero en todo caso son determinantes para la capacidad de la Iglesia de operar y para los destinos de los católicos en la región.
Leyendo el documento, se tendría la impresión de que Jerusalén es el lugar más importante del mundo para la fe católica, y cabe preguntarse entonces cuál es el papel de Roma al respecto. ¿Por qué no es Jerusalén la sede central del catolicismo, con el papado y la curia ? Si los lugares cruciales del pasado se encuentran en Jerusalén y el futuro espera un descenso de los cielos de una nueva Jerusalén, ¿por qué no está aquí la capital espiritual ?
Queda claro, sin embargo, que, en la visión ideal aquí expuesta, ninguna autoridad terrenal secular puede tener relevancia y solo la utopía espiritual es lo que dirige el análisis y, en perspectiva, las acciones que de él se derivan. La actual ciudad de Jerusalén se define, pues, como "nuestra", y es precursora de la verdadera y definitiva "polis", la Jerusalén celestial. En la carta no hay rastro del Estado de Israel ni existe la Autoridad Palestina. El documento ignora por completo estas entidades sin siquiera justificar la omisión. En el mundo ideal aquí dibujado, simplemente no existen y no pueden interferir en el discurso, que es puramente espiritual, ajeno al contexto geopolítico. O quizás toma la decisión política de estar ajeno al contexto terrenal, que sin embargo es el único realmente existente en lo cotidiano.
Al comienzo de la primera parte de la carta, Pizzaballa afirma que "el 7 de octubre de 2023 y la guerra de Gaza han significado algo diferente y disruptivo para cada uno de los dos pueblos de esta tierra". En el siguiente orden : "Para los palestinos representa la última y dramática fase de una larga historia de humillaciones y de éxodos. Para los israelíes, en cambio, algo inédito : violencias que han hecho revivir los horrores ocurridos en Europa hace ochenta años".
Aquí Pizzaballa me pierde como lector, cuando describe de este modo acontecimientos que se desarrollaron en un orden dramáticamente inverso, y con actores diferentes. El 7 de octubre es, sí, una histórica "línea divisoria", pero atención, de un modo completamente diferente a como lo describe el cardenal. Para los judíos, el 7 de octubre constituye una breve réplica de la Shoá a ochenta años de la Shoá verdadera y única : una masacre bárbara y monstruosa de civiles en sus hogares. Pero para los islámicos constituye la elección de una violencia inaudita para afirmar su absoluta y exclusiva propiedad del territorio, para cancelar a Israel y erigir en su lugar un Califato islámico. La inversión del orden de los factores y la tergiversación de los hechos constituye una elección narrativa importante. Dado que las narrativas posibles son más de dos, la elección aquí efectuada de una excluye la posibilidad de la segunda. La elección del cardenal cierra el camino a cualquier posible futura reflexión común o diálogo entre la parte católica y la parte judía sobre el 7 de octubre, sobre el antes y el después. O quizás, no lo sabemos, abre o trata de abrir nuevas perspectivas al diálogo entre la parte católica y la parte islámica.
El 7 de octubre es un punto de la historia no prescindible. Pero el cardenal no ha entendido o ha optado por no entender. El resultado es que la lectura de todas las páginas siguientes del documento está literalmente alterada por este mastodóntico error de trayectoria. El 7 de octubre es un discriminante inconmensurable e irreversible. En la lectura de las páginas siguientes del documento, el lector estará inevitablemente orientado hacia la búsqueda de otras aserciones de interés político dentro de un texto que, como ya hemos señalado, pretende ser eminentemente teológico. Y quizás por el cuidado especial puesto en buscarlas, estas posiciones políticas efectivamente emergerán copiosamente y siempre en la dirección prevista : es decir, persiguiendo una narrativa unilateralmente crítica de Israel y veladamente también del pueblo judío. No existen casi referencias, ni críticas ni de otro tipo, al mundo musulmán que, sin embargo, es netamente predominante en Oriente Medio, y lo es también dentro del perímetro diocesano Chipre-Israel-Palestina-Jordania.
Encontraremos, entonces, la posición crítica relativa a la discriminación y persecución de la que se supone que sufren los palestinos por parte de Israel, sin una siquiera mínima alusión al fenómeno del terrorismo y de movimientos islámicos subversivos que, entre otras cosas, no respetan ni siquiera el orden constituido por parte de las autoridades de los países árabes. La persecución de las comunidades cristianas ni siquiera se menciona. El miedo expresado en otras ocasiones por el propio cardenal Pizzaballa ante las prevaricaciones de los extremistas islámicos es ignorado. Encontramos, en cambio, una pequeña contribución, debida, al nuevo filón de la crítica de la tecnología, con la afirmación de que algunas personas han muerto en la guerra por decisión de un algoritmo. Pero con la misma lógica se podría decir que las vidas de muchas personas se han salvado por decisión de un algoritmo.
En resumen, Israel es identificado con opresión, discriminación, apropiación materialista, como poseedor casi indebido de un bien universal, Jerusalén, que en cambio debería ser compartido con toda la humanidad. Pero, ¿sería pensable, simétricamente, un compartir la Ciudad del Vaticano con judíos y musulmanes ?
No encontramos ninguna mención de que bajo el régimen israelí las comunidades cristianas han crecido numéricamente, mientras que bajo el régimen palestino se han reducido grandemente. En los territorios palestinos, las ciudades históricamente de mayoría cristiana –que por estatuto deberían tener un alcalde cristiano– albergan hoy en cambio una mayoría musulmana.
En el plano del diálogo interreligioso cristiano-judío no emerge ningún punto de debate, ningún asidero desde el cual desarrollar una posible conversación sobre temas compartidos. La contraparte judía es simplemente ignorada. Jerusalén es, sí, una ciudad para compartir, frente a las opuestas reivindicaciones de israelíes y palestinos. La pequeña y vulnerable comunidad cristiana no posee poder militar o económico, pero al final heredará la tierra. Que pueda haber alguien más que cultive ideales de herencia espiritual concernientes a esa misma tierra –y cómo hacer compatibles estos ideales competidores– no se toma en consideración. No hay hermanos mayores.
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Sandro Magister ha sido firma histórica, como vaticanista, del semanario "L'Espresso".
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