La novedad de estos últimos tiempos, en la relación entre la Iglesia católica y los judíos, es la declarada voluntad, por ambas partes, de dar nueva vida a un diálogo que se había vuelto complicado y estéril, a veces conflictivo. ¿Y cómo ? Partiendo nuevamente de ese texto del Concilio Vaticano II que marcó un cambio capital en la relación entre cristianos y judíos, la declaración “Nostra aetate”, y del posterior documento explicativo de 2015 titulado : "Por qué los dones y la llamada de Dios son irrevocables".
El valor de estos dos documentos fue reconocido por los propios judíos, particularmente en la nota "Entre Jerusalén y Roma" suscrita en 2017 por la Conferencia de Rabinos Europeos, el Consejo Rabínico de América y el Gran Rabinato del Estado de Israel, en la cual acogían favorablemente sobre todo dos puntos clave afirmados por la Iglesia católica : "el hecho de que también los judíos participan en la salvación de Dios" y la decisión de "no conducir ni alentar ninguna misión institucional dirigida específicamente a los judíos". En efecto, después de siglos de antijudaísmo y conversiones forzadas, estos dos puntos son indudablemente formidables pasos adelante en la relación entre la Iglesia y los judíos. Pero no pueden considerarse concluyentes. Incluso Benedicto XVI, el papa que más se comprometió en el diálogo, en un escrito suyo de 2017 recogido en un libro los definió como "insuficientes para expresar de manera adecuada la grandeza de la realidad".
Sobre el primer punto es el propio documento vaticano de 2015 el que se detiene ante el misterio : "El hecho de que los judíos participen en la salvación de Dios es teológicamente indiscutible, pero cómo esto sea posible sin una confesión explícita de Cristo es y sigue siendo un misterio divino insondable".
Mientras que respecto al segundo punto se lee allí : "Dejando claro el rechazo –en principio– de una misión institucional dirigida a los judíos, los cristianos están llamados a dar testimonio de su fe en Jesucristo también ante los judíos ; pero deben hacerlo con humildad y sensibilidad".
Y es precisamente sobre ambos puntos sobre los que un autorizado especialista en el cristianismo primitivo, el profesor Leonardo Lugaresi, varias veces apreciado ya por los lectores de Settimo Cielo, ha lanzado una estimulante reflexión, en una nota publicada el 29 de diciembre pasado con el título : "San Esteban, la Iglesia y los judíos".
Lugaresi toma como guía de su reflexión el libro de los Hechos de los Apóstoles, desde el inicial "caso serio", en Jerusalén, del protomártir Esteban, hasta la enigmática página final con el apóstol Pablo en Roma.
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De cómo los Hechos de los Apóstoles narran el caso de Esteban, comienza Lugaresi, es indudable que lo presentan como normativo para la Iglesia de todos los tiempos.
La primera comunidad cristiana no es en absoluto idealizada. Esteban es elegido diácono de las mesas precisamente para sanar una agria disputa entre helenistas y judíos respecto a la distribución de la ayuda alimentaria a los pobres de los respectivos grupos. Y también entre los notables judíos hay división. Los más hostiles a los seguidores de Jesús son los saduceos y la casta sacerdotal, a los que, sin embargo, se oponen fariseos autorizados como Gamaliel.
Pero "con Esteban todo cambia", escribe Lugaresi. "Su acción misionera y el juicio que da sobre la religión de Israel y sus instituciones provocan un salto de calidad en la oposición al Camino de los seguidores de Jesús".
En Jerusalén, en los días de Esteban, "el cristianismo propiamente dicho aún no existe : Lucas es muy preciso al señalarnos que de 'cristianos' se empieza a hablar solo más tarde, y en Antioquía". Simplemente, "hay algunos judíos que creen que Jesús es el Cristo, resucitado de entre los muertos para dar cumplimiento a la promesa divina hecha a Israel : Él es, por tanto, el Camino que todo el pueblo elegido debe emprender para salvarse, porque, como declara Pedro a los jefes del pueblo y a los ancianos, 'no hay salvación en ningún otro, pues bajo el cielo no se ha dado a los hombres otro nombre por el que debamos salvarnos'. Este destino de salvación implica un juicio sobre toda la experiencia religiosa realizada por el pueblo de Israel hasta ese momento ; juicio que culmina en el franco reconocimiento de su responsabilidad en la muerte de Jesús".
Desde el primer momento, por tanto, la fe de los discípulos de Jesús tiene esencialmente la forma de una "krisis" interna al judaísmo : no un juicio de condena y rechazo, sino una exigente llamada a la "metanoia", a la conversión. En su alocución ante el sanedrín, el discurso más largo de todo el libro de los Hechos, Esteban lleva al máximo esta "krisis", relee toda la historia de la Alianza entre Dios y su pueblo. Y de ello resulta una ruptura violenta, sellada por la lapidación del protomártir.
Escribe Lugaresi : "De esta manera, los Hechos de los Apóstoles nos señalan claramente el ejemplo de una 'krisis' del judaísmo operada por los seguidores del Camino, quienes sin embargo nunca se conciben a sí mismos como una 'airesis', es decir, como una parte que se distingue y separa del cuerpo de la nación judía para formar otra entidad, sino como conciencia crítica interna al único pueblo de Dios".
Y "este Leitmotiv mantiene unida la narración de los Hechos desde el principio hasta el final, hasta la elección de concluir el libro con el relato del encuentro 'definitivo' entre Pablo y los judíos de Roma".
"Con la sentencia pronunciada por Pablo mediante la cita de Isaías –señala Lugaresi– encontramos sí un juicio muy duro sobre el rechazo de la mayoría de los judíos a adherirse al Camino, que se ofrece prioritariamente a ellos y solo secundariamente a los paganos, pero no un cierre de la relación crítica entre cristianos y judíos. En este sentido, es importante no omitir el versículo 29 del último capítulo de los Hechos, atestado por la tradición occidental, que, describiendo la despedida de los judíos romanos al término del largo encuentro con Pablo, dice así : 'Cuando terminó de decir esto, los judíos se fueron, teniendo gran discusión entre sí'. En esta anotación puede leerse la indicación de una tarea que los seguidores del Camino deberían asumir permanentemente : la de lograr que los judíos continúen siendo provocados a 'discutir acaloradamente entre sí' respecto a Jesucristo. La 'parresía' con la que el viejo Pablo habla a cualquiera que lo visite, judío o gentil, de 'lo que se refiere al Señor Jesucristo', evocada en el último versículo del libro, es el meollo de toda la historia".
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El libro de los Hechos registra pues, con el rechazo de la mayoría de los judíos a aceptar la 'krisis' cristiana del judaísmo y medirse con ella, una hostilidad anticristiana que precede al posterior y plurisecular antijudaísmo, "sobre cuya inaceptabilidad hay que ser claros, sin equívocos o reservas mentales", tanto más cuando se ha conjugado con el antisemitismo moderno.
Hoy, para la Iglesia católica, el antijudaísmo pertenece al pasado, salvo para grupos marginales. Y también la "teología de la sustitución" ha sido sustancialmente repudiada.
Sin embargo, la Iglesia, escribe Lugaresi, "se ha vuelto también incapaz de elaborar una teología de la 'krisis', es decir, ha renunciado a ejercer frente a los judíos de hoy el mismo servicio de caridad, incómodo pero indispensable, que realizaron los primeros cristianos, pagando por su cuenta el precio de hostilidad y a veces de sangre. Bajo el peso del sentimiento de culpa, la Iglesia se ha prohibido la 'parresía' evocada por los Hechos y se ha vuelto sustancialmente afásica, muda".
Al concluir esta reflexión, Lugaresi sostiene, pues, que "no podemos evitar afrontar un 'caso serio' a semejanza del protomártir Esteban : ¿qué pasa hoy con la fe de Israel ? y ¿qué pasa con la fe de los cristianos en relación con Israel?". Porque tampoco con el Estado de Israel "se puede interactuar en un plano exclusivamente geopolítico, jurídico o humanitario, sin afrontar el nudo teológico que lo envuelve".
Por ejemplo, ¿cómo puede reducirse el sionismo a su sola "dimensión secularizadora, que sustituye, en la aspiración al restablecimiento del 'reino de Israel', la confianza en Dios y en sus promesas por un proyecto basado en la obra de las manos del hombre"?
Y además, ¿cómo puede renunciarse a "pedir al pueblo judío que reconozca un funesto abandono de la fe en el Dios de Abraham, de Moisés –¡y de Jesucristo!– en la actitud de esa parte del judaísmo religioso, a menudo etiquetado como 'ultraortodoxo', que concibe la elección de Israel a la manera de un privilegio exclusivo y de una supremacía racial sobre las naciones, con la terrible consecuencia de un desprecio sustancial por la vida y la dignidad de la población palestina en Gaza y en Cisjordania"?
A estas dos cuestiones Lugaresi solo alude, reconociendo su incompetencia. Pero es útil notar que a la primera cuestión también Benedicto XVI fue varias veces sensible, cuando escribía que el Estado de Israel es un Estado laico y solo en cuanto tal ha sido reconocido por la Santa Sede, pero al mismo tiempo "no es difícil ver que en la formación de este Estado puede reconocerse de manera misteriosa la fidelidad de Dios a Israel".
Y en cuanto a la segunda cuestión, ¿cómo no señalar que existe también un "sionismo cristiano" muy afín a cierto judaísmo ultraortodoxo, presente en el campo católico pero difundido sobre todo entre los evangélicos estadounidenses, en el cual milita incluso el embajador de los Estados Unidos en Israel, Mike Huckabee : sionismo cristiano denunciado por una reciente declaración de los patriarcas de las Iglesias de Tierra Santa, con una resentida réplica del mismo Huckabee ?
En resumen, el camino para un renovado diálogo entre la Iglesia y el judaísmo es muy arduo. "Pero debe hacerse", concluye Lugaresi, "incluso a costa de hacer más problemáticas las relaciones entre cristianos y judíos, rompiendo cierta cortesía interreligiosa que prohíbe la 'parresía'. Creo, de hecho, que hay, entre los judíos creyentes, hombres y mujeres de fe y de buena voluntad dispuestos a realizar junto con nosotros este camino ; personas con quienes 'discutir acaloradamente' de nuestra diferente participación en la única Alianza".
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Sandro Magister ha sido firma histórica, como vaticanista, del semanario "L'Espresso".
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