Stalin revive hoy en el Kremlin. Una razón más para una relectura teológica de la obra maestra de Vasili Grossman

(s.m.) El vera­no es tiem­po de lec­tu­ras. Y Settimo Cielo dedi­ca su últi­mo post antes de la pau­sa de ago­sto a un gran libro de nar­ra­ti­va : a "Vida y desti­no" de Vasili Grossman, en la sabia relec­tu­ra que hace Anne-Marie Pelletier en el últi­mo cua­der­no de "Vita e Pensiero", la revi­sta de la Universidad Católica de Milán.

Vasili Grossman (1905 – 1964), judío, había naci­do en Berdicev, la ciu­dad ucra­nia­na que en los últi­mos días reci­bió la visi­ta del envia­do del papa León, el arzo­bi­spo y mini­stro de asun­tos exte­rio­res vati­ca­no Richard Gallagher, tenaz soste­ne­dor de la resi­sten­cia de Ucrania a la agre­sión rusa.

Hay una inquie­tan­te simi­li­tud, y Pelletier la seña­la, entre la Rusia de Vladimir Putin y la Unión Soviética de Stalin. Y Grossman, en su juven­tud par­ti­da­rio de la revo­lu­ción comu­ni­sta y cor­re­spon­sal de guer­ra en los fren­tes de Stalingrado a Berlín (véa­se foto con copy­right Alamy Stock Photo), se con­vir­tió en un crí­ti­co radi­cal del régi­men de Stalin, que­dan­do pron­to mar­gi­na­do, bajo con­stan­te ame­na­za de arre­sto y sin posi­bi­li­dad de publi­car los libros a los que se había dedi­ca­do.

En 1961 el KGB con­fi­scó las copias manu­scri­tas y meca­no­gra­fia­das de las casi mil pági­nas de "Vida y desti­no". Grossman murió tres años después, pero mila­gro­sa­men­te una copia se había sal­va­do y había lle­ga­do a Andréi Sájarov, el gran físi­co y héroe de la disi­den­cia, pre­mio Nobel de la Paz en 1975, arre­sta­do varias veces, que logró hacer­la lle­gar a Occidente y per­mi­tir su publi­ca­ción en 1980.

Anne-Marie Pelletier, auto­ra de la suge­sti­va relec­tu­ra de "Vida y desti­no" que aquí se repro­du­ce, enseña Sagrada Escritura y her­me­néu­ti­ca bíbli­ca en la Facultad Notre-Dame del Collège des Bernardins de París. Fue la pri­me­ra mujer en reci­bir el pre­mio Ratzinger de Teología, en 2014.

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Releer a Vasili Grossman para reforzar la esperanza

de Anne-Marie Pelletier

¿Qué nece­si­dad hay de leer hoy a Vasili Grossman ? Un escri­tor ruso del siglo pasa­do, muer­to en 1964, cuya vida pue­de defi­nir­se en gran par­te como "sovié­ti­ca", cuya inspi­ra­ción bebe de la histo­ria de dos tota­li­ta­ri­smos que quer­ría­mos creer que ya habían que­da­do atrás. Y, sin embar­go, la gran sor­pre­sa es que esta obra resue­na inme­dia­ta­men­te en nue­stra actua­li­dad. Parece inclu­so escri­ta para noso­tros, de tal modo el orden que hoy rei­na en Moscú repro­du­ce rasgo por rasgo el de la Rusia sovié­ti­ca.

En este sen­ti­do y, para empe­zar, Grossman nos ayu­da a desci­frar la lógi­ca de la vio­len­cia destruc­to­ra que se ha desa­ta­do sobre Ucrania desde hace cua­tro años y que ya ame­na­za a toda Europa. Pero hay más que apren­der de él, y de eso tra­ta­re­mos más ade­lan­te : ofre­ce su apoyo a la resi­sten­cia que debe­mos opo­ner al chan­ta­je del mal, que arra­stra cada vez más a nue­stras socie­da­des hacia la dese­spe­ra­ción y el nihi­li­smo.

Sesenta años de histo­ria sovié­ti­ca

Para apre­ciar la actua­li­dad de la obra de Grossman es nece­sa­rio recor­dar bre­ve­men­te el con­tex­to histó­ri­co de su obra. Nació en 1905 en Berdicev, en esa par­te de Ucrania que, hasta la polí­ti­ca de exter­mi­nio nazi, alber­ga­ba los shte­tl, los cen­tros rura­les del judaí­smo jasí­di­co cuya vida coti­dia­na era tan fer­vo­ro­sa como mise­ra­ble. Pertenecía a una fami­lia judía de eru­di­tos y nota­bles. Comenzó apoyan­do la Revolución de Octubre, en la que depo­si­ta­ba, con­fia­do, sus espe­ran­zas. Tras estu­diar quí­mi­ca, lo que lo lle­vó a tra­ba­jar un tiem­po en el Donbás, se dedi­có final­men­te por ente­ro a la lite­ra­tu­ra.

Los tiem­pos eran duros. Los dik­tat del régi­men limi­ta­ban cada vez más la vida cul­tu­ral. El rea­li­smo socia­li­sta, al ser­vi­cio de la dic­ta­du­ra del pro­le­ta­ria­do, se con­vir­tió en el cri­te­rio de selec­ción para los escri­to­res com­pla­cien­tes. Queriendo o no, Grossman se some­tió a las exi­gen­cias del régi­men. Hasta la guer­ra, en una socie­dad bajo el yugo del ter­ror esta­li­ni­sta, afron­tó la vida con pru­den­cia, pero sin remor­di­mien­tos de con­cien­cia. En los años trein­ta del siglo XX, vio, sin ver real­men­te, por las cal­les de Kiev los cadá­ve­res ambu­lan­tes de los kulaks redu­ci­dos al ham­bre por Stalin. Salió indem­ne del Gran Terror de 1936 – 38, aun­que a costa de un com­pro­mi­so que per­se­gui­ría su con­cien­cia para siem­pre. En 1941, se con­vir­tió en cor­re­spon­sal de guer­ra para el dia­rio "Krasnaya Zvezda" (Estrella Roja). Siguió así a las tro­pas rusas por los fren­tes más san­grien­tos, de Stalingrado a Treblinka, hasta Berlín.

Fue al final de estos años espan­to­sos cuan­do el "hom­bre sovié­ti­co" en él se tran­sfor­ma­ría en un intré­pi­do denun­cian­te del mal doble­men­te encar­na­do en el tota­li­ta­ri­smo sovié­ti­co y nazi. En el otoño de 1941, su madre fue ase­si­na­da por las tro­pas nazis que habían entra­do en Berdicev. En los meses siguien­tes, las matan­zas se mul­ti­pli­ca­ron por todo el ter­ri­to­rio ucra­nia­no, justi­fi­can­do la esca­lo­frian­te obser­va­ción que haría en 1945 en "El libro negro": "Ya no hay judíos en Ucrania".

Fue pre­ci­sa­men­te en estos años cuan­do su iden­ti­dad judía olvi­da­da se le pre­sen­tó de nue­vo. La expe­rien­cia de esta histo­ria infer­nal lo gol­peó pro­fun­da­men­te a él y, natu­ral­men­te, a su obra, en la que se pro­du­jo una rup­tu­ra fun­da­men­tal. El pasa­do vol­vió a él con todo lo que había igno­ra­do de él. El hor­ror del esta­li­ni­smo se vol­vió inne­ga­ble. Esta cla­ri­dad de visión se haría cada vez más explí­ci­ta en su obra, tan­to que la muer­te de Stalin en 1953 lle­gó justo a tiem­po para sal­var­lo del arre­sto.

Es su nove­la "Vida y desti­no" la que encar­na­ría la obra de ver­dad a la que Grossman se dedi­ca­ría desde enton­ces. Insertándose en la tra­di­ción nar­ra­ti­va de "Guerra y paz", esta nove­la se aden­tra en los recuer­dos de los años de guer­ra, a veces amplian­do al máxi­mo la mira­da, a veces redu­cién­do­la a los míni­mos detal­les de los desti­nos indi­vi­dua­les, don­de se ocul­ta la huma­ni­dad en resi­sten­cia. Desde ese momen­to en ade­lan­te, nada pudo dete­ner la urgen­cia inte­rior de ver­dad de Grossman. "Vida y desti­no" pone de relie­ve el her­ma­na­mien­to entre nazi­smo y sovie­ti­smo en una esce­na suge­sti­va que reú­ne a un coman­dan­te de un cam­po nazi y a un ancia­no men­che­vi­que, su pri­sio­ne­ro, a pun­to de ser ase­si­na­do.

La misma auda­cia emer­ge en las pági­nas de su últi­mo manu­scri­to, "Todo fluye", que nar­ra la dolo­ro­sa histo­ria del regre­so de un pre­so polí­ti­co, un zek, un inter­na­do de un gulag, que tra­stor­na la vida tran­qui­la de su acu­sa­dor y de sus fami­lia­res, que habían logra­do sal­var el pel­le­jo. Además de denun­ciar a Stalin y a su pre­de­ce­sor Lenin, ata­ca el mito del "alma rusa" en su inquie­tan­te com­pli­ci­dad con la escla­vi­tud. Esto hace de él un abso­lu­to trai­dor a la Causa. En 1961, los manu­scri­tos de "Vida y desti­no" fue­ron con­fi­sca­dos por el KGB. La obra desa­pa­re­ció en las entrañas de la Lubianka, don­de per­ma­ne­ce­ría doscien­tos años, según le dije­ron con bur­la. Murió tres años después, mar­gi­na­do, sin ver la publi­ca­ción de esta obra a la que esta­ba tan liga­do.

Ayer y hoy : la denun­cia del mal y del nihi­li­smo

Es este pasa­do, hoy reha­bi­li­ta­do y devuel­to a la vida por el Kremlin, el que con­sti­tuye aho­ra el pre­sen­te sovié­ti­co del siglo XXI. A par­tir del año 2000, el pasa­do no ha deja­do de regre­sar por volun­tad de un líder for­ma­do en la escue­la del KGB, que con­si­de­ra el colap­so de la URSS "la mayor catá­stro­fe geo­po­lí­ti­ca del siglo XX" (discur­so a la nación, abril de 2005). Las insti­tu­cio­nes de adoc­tri­na­mien­to mili­tar de los jóve­nes, que for­ja­ron al "hom­bre rojo", han sido reac­ti­va­das e impre­gnan de beli­ci­smo a los esco­la­res desde el jar­dín de infan­cia. Las esta­tuas de Stalin, antes der­ri­ba­das, han sido repue­stas en su lugar. La eco­no­mía men­tal del siste­ma tota­li­ta­rio, imple­men­ta­da por el par­ti­do bol­che­vi­que, se reci­cla a ple­no ren­di­mien­to. La aso­cia­ción "Memorial" fun­da­da por Andréi Sájarov en 1989, que docu­men­ta­ba meti­cu­lo­sa­men­te las huel­las de los crí­me­nes de los años sovié­ti­cos y vigi­la­ba los dere­chos huma­nos aún frá­gi­les en la era postso­vié­ti­ca, fue disuel­ta en 2021.

En el fren­te reli­gio­so, el cam­bio es solo super­fi­cial. La defen­sa del cri­stia­ni­smo es hoy fuer­te­men­te invo­ca­da por los ideó­lo­gos del Kremlin con el apoyo de Kiril, el Patriarca de Moscú. De hecho, la per­se­cu­ción físi­ca de las per­so­nas del siglo pasa­do es per­ver­sa­men­te per­pe­tua­da por el reclu­ta­mien­to de la Iglesia orto­do­xa rusa al ser­vi­cio de las polí­ti­cas cri­mi­na­les del Estado, que no son sino una gro­te­sca inver­sión del cri­stia­ni­smo. Un ter­ri­ble engaño. Es com­pren­si­ble, por tan­to, que esta situa­ción con­vier­ta la obra de Grossman en un pode­ro­so instru­men­to de aná­li­sis crí­ti­co de la rea­li­dad de nue­stro pre­sen­te.

Pero es tam­bién de otra mane­ra, igual­men­te deci­si­va, como esta obra debe­ría atraer nue­stra aten­ción. En efec­to, es tan­to una lla­ma­da como una denun­cia. Está al ser­vi­cio tan­to de la con­fian­za como de la luci­dez. En defi­ni­ti­va, es una defen­sa obsti­na­da de los recur­sos de la huma­ni­dad, en con­tra­po­si­ción a la histo­ria con­tem­po­rá­nea que ha lle­va­do a su extre­mo el rei­no de la deshu­ma­ni­za­ción.

Una nue­va teo­lo­gía de la bon­dad

Este es el núcleo del tema de la "pequeña bon­dad", que en su momen­to atra­jo la aten­ción del filó­so­fo Emmanuel Levinas, quien defi­nió "Vida y desti­no" como un "libro pri­mor­dial". Un per­so­na­je insó­li­to de la nove­la, un tal Ikónnikov —que, en rea­li­dad, repre­sen­ta la voz de Grossman— es el can­tor de esta sin­gu­lar bon­dad, que, aun­que a menu­do ridi­cu­li­za­da por la éli­te inte­lec­tual, es para Grossman el últi­mo bastión de la espe­ran­za. Un capí­tu­lo ente­ro, el capí­tu­lo 16 de la Segunda Parte del libro, cen­tra­do en los "Cuadernos de Ikónnikov", desnu­da los pen­sa­mien­tos de este hom­bre, una espe­cie de loco en Cristo, que lan­gui­de­ce en un cam­po nazi por haber socor­ri­do a muje­res y niños judíos y que, antes de eso, había sido el testi­go alu­ci­na­do de las atro­ci­da­des come­ti­das en esta "tier­ra negra" (T. Snyder) del extre­mo orien­tal del con­ti­nen­te euro­peo.

Ikónnikov ha atra­ve­sa­do los cír­cu­los del infier­no, desde la deku­la­ki­za­ción hasta los hor­ro­res de la inva­sión nazi de Bielorrusia. Frente a un bien arro­gan­te y, por tan­to, ambi­guo, defien­de la cau­sa de una bon­dad mode­sta, sin osten­ta­ción ni pre­ten­sio­nes. La visi­bi­li­dad de esta pequeña bon­dad es frá­gil ; es la "de la ancia­na que lle­va un peda­zo de pan a un pri­sio­ne­ro, la bon­dad del sol­da­do que da de beber de su can­tim­plo­ra a un ene­mi­go heri­do, la bon­dad de la juven­tud que se apia­da de la vejez, la bon­dad del cam­pe­si­no que escon­de a un vie­jo judío en el gra­ne­ro".

El pun­to cru­cial, que resu­me la para­do­ja que hay que aco­ger, es que esta bon­dad casi invi­si­ble, tan tren­za­da en el teji­do coti­dia­no de la vida, tan mani­fie­sta­men­te vul­ne­ra­ble e impo­ten­te fren­te a los "mal­va­dos" —por usar el tér­mi­no de los Salmos — , es en rea­li­dad la úni­ca fuer­za ver­da­de­ra en este mun­do. Ikónnikov expre­sa esta con­vic­ción como una cue­stión de expe­rien­cia : "He visto que no es el hom­bre el que es impo­ten­te en la lucha con­tra el mal, sino que el pode­ro­so mal care­ce de fuer­za cuan­do lucha con­tra el hom­bre. En la impo­ten­cia de la bon­dad, un fin en sí misma, con­si­ste el secre­to de su inmor­ta­li­dad. Es inven­ci­ble".

Temblamos al creer­lo, vistos los abi­smos del mal que se abren en cada paso de la histo­ria huma­na. El chan­ta­je del mal habla dema­sia­do fuer­te como para que no tema­mos adhe­rir­nos a un sueño. Y, sin embar­go, esta es la ver­dad por la que Grossman luchó : "La histo­ria del hom­bre es la batal­la del gran mal que tra­ta de moler la pequeña semil­la de la huma­ni­dad". Y aña­dió : "Pero si inclu­so aho­ra la huma­ni­dad en el hom­bre no se ha apa­ga­do, signi­fi­ca que el mal no pue­de obte­ner la vic­to­ria defi­ni­ti­va". Vale la pena seña­lar que no es del todo casual que Ikónnikov sea retra­ta­do como un loco en Cristo. Estamos muy cer­ca, aquí, del miste­rio pro­fe­sa­do por la fe cri­stia­na, que pro­cla­ma la vic­to­ria sobre el mal obte­ni­da desde el cora­zón mismo de las tinie­blas. Estamos muy cer­ca de la fe en lo impo­si­ble, lo que signi­fi­ca que no se tra­ta de opti­mi­smo, sino de lucha espi­ri­tual.

Ciertamente, no que­re­mos cri­stia­ni­zar a Grossman. Por otra par­te, ¿no tie­nen sus raí­ces judías algo que ver con su con­vic­ción de que —más de lo que el mal destruye— exi­ste una huma­ni­dad que no capi­tu­la y que ésta es la pro­me­sa de nue­stro futu­ro ? En todo caso, tal obsti­na­ción en opo­ner­se a las fuer­zas del mal, la omni­po­ten­cia de una "pequeña bon­dad" desar­ma­da, es lo que con­vier­te las pala­bras de Grossman, para noso­tros, en una incom­pa­ra­ble palan­ca de resi­sten­cia fren­te a la actua­li­dad que tan­to ali­men­ta el pesi­mi­smo y el nihi­li­smo entre nue­stros con­tem­po­rá­neos.

En defi­ni­ti­va, el lega­do de Vasili Grossman es el de una mira­da. La mira­da de un hom­bre que supo adap­tar­se a la rea­li­dad de la vida, allí don­de la huma­ni­dad resur­ge inven­ci­ble, en su sin­gu­la­ri­dad, en las antí­po­das del esque­ma­ti­smo del "hom­bre tota­li­ta­rio", y don­de está dispue­sta a morir desa­fian­do men­ti­ras y tira­nía. Así, su obra está jalo­na­da de toques de huma­ni­dad evo­ca­dos sin gran­di­lo­cuen­cia ni sen­ti­men­ta­li­smo, que rasgan la oscu­ri­dad de la guer­ra y sacu­den el man­to de la tira­nía. Todas estas obser­va­cio­nes, den­tro de una socie­dad edu­ca­da en la indi­fe­ren­cia, la descon­fian­za y la hosti­li­dad, fue­ron alta­men­te tran­sgre­so­ras para la épo­ca. Y lo son de nue­vo hoy, mien­tras se impo­nen las ideo­lo­gías de la fuer­za con­tra el dere­cho, la exal­ta­ción de una omni­po­ten­cia depre­da­do­ra, que no tie­ne nin­gu­na con­si­de­ra­ción por la justi­cia.

Ciertamente, la vida per­so­nal de Grossman esta­ba lejos de care­cer de debi­li­da­des. Pero a tra­vés de sus cami­nos apren­dió a cono­cer la fali­bi­li­dad y, con su pro­pia fali­bi­li­dad, una bon­dad fun­da­men­tal. Aquella de la que habla­ba el teó­lo­go Maurice Bellet cuan­do afir­ma­ba esta sim­ple ver­dad : "¿Qué que­da cuan­do no que­da nada ? Esto : que sea­mos huma­nos con los huma­nos, que entre noso­tros habi­te el 'entre noso­tros' que nos hace hom­bres".

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Sandro Magister ha sido fir­ma histó­ri­ca, como vati­ca­ni­sta, del sema­na­rio "L'Espresso".
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