por Sandro Magister
El Camerún que León se dispone a visitar en su viaje por África estos días es uno de los países en guerra más ignorados por los medios de comunicación de todo el mundo. Pero quizás sea también el motivo por el que el Papa ha querido ir, con una escala el jueves 16 de abril, precisamente en el epicentro del conflicto, en Bamenda, capital de la región camerunesa del Noroeste, donde mantendrá un "encuentro por la paz" con la comunidad local.
La región del Noroeste, junto con la contigua del Suroeste, que da al océano Atlántico y, al igual que la otra, limita con Nigeria, es escenario desde octubre de 2016 de una guerra civil que busca la secesión de ambas regiones de Camerún y la constitución de un nuevo Estado de "Ambazonia" (del nombre de la bahía de Ambas en el océano), proclamado independiente en 2017 pero hasta ahora sin ningún reconocimiento internacional.
Pero también hay otras incursiones armadas que ensangrientan Camerún, en las regiones más al norte, entre Nigeria y Chad, donde arrecia el terrorismo yihadista, con frecuentes ataques de los guerrilleros de Boko Haram y del Estado Islámico de la Provincia de África Occidental (ISWAP) a aldeas, iglesias y escuelas, con masacres y secuestros cuyas mayores víctimas son los cristianos, en un país donde estos son el 60% de la población y los musulmanes el 20%.
Si este terrorismo yihadista es el mismo que golpea a otros países del Sahel como Malí, Níger y Burkina Faso, además de Nigeria y Chad, la guerra civil en curso desde 2016 es, en cambio, exclusiva de Camerún, con una causa próxima y otra más remota que se remonta al período colonial, ambas reconstruidas con precisión en un artículo del jesuita keniata Mathew Bomki en el último cuaderno de "La Civiltà Cattolica".
Desde finales del siglo XIX hasta la Primera Guerra Mundial, el "Kamerun" era un protectorado alemán, antes de ser asignado por la Sociedad de Naciones a Francia y, en una parte menor, una quinta parte del territorio, a Gran Bretaña.
El Camerún francés obtuvo su independencia en 1960 y al año siguiente, el 11 de febrero, bajo la supervisión de las Naciones Unidas, se celebró un plebiscito en el Camerún británico, en el que los cameruneses angloparlantes podían optar entre adherirse a la vecina Nigeria o a la recién nacida, francófona, República de Camerún.
La tercera opción, la de la independencia, fue excluida del referéndum, a pesar de que, a juicio de los obispos de la región, era la más popular de las tres.
El caso es que, en el plebiscito de 1961, la parte septentrional del Camerún británico votó por la adhesión a Nigeria, mientras que la parte meridional eligió unirse a Camerún, que en ese entonces tenía una estructura federal pero que posteriormente, por obra del gobierno central, fue reestructurada cada vez más de forma unitaria, reduciendo fuertemente la autonomía del área angloparlante.
Los obispos de dicha área escribieron en un Memorando del 28 de diciembre de 2016 dirigido al presidente Paul Biya, hoy de 93 años e ininterrumpidamente al frente del país desde 1982 :
"Los cameruneses angloparlantes están siendo lentamente asfixiados, porque cada elemento de su cultura es sistemáticamente señalado y absorbido por la cultura y la forma de hacer las cosas propias del Camerún francófono. Esto afecta a la lengua, el sistema educativo, el sistema administrativo y de gobierno – en el que las estructuras de representación electiva son de hecho sobrepasadas por la intervención de funcionarios nombrados por la autoridad central –, y el sistema jurídico".
Cuando los obispos escribieron ese Memorando, hacía poco que habían salido a las calles los abogados, maestros y estudiantes de las regiones angloparlantes para protestar pacíficamente (véase foto © Teller Report) en defensa de la common law en los procesos judiciales y del sistema escolar de influencia anglosajona. Pero el gobierno central reprimió violentamente esas protestas. Y a partir de ahí estalló la guerra civil, con la entrada en escena de formaciones guerrilleras separatistas, los "Amba boys", y con secuestros y masacres por ambas partes – tristemente memorables los de Kumba y Ngarbuh, en 2020 –, con acusaciones mutuas de haberlos cometido.
La explosión de violencia ha causado un elevado número de muertes, incendios provocados y destrucción de bienes y vidas inocentes. Aldeas enteras han sido arrasadas y muchas escuelas devastadas. Mathew Bomki cuantifica así en "La Civiltà Cattolica" el precio pagado hasta hoy por esta guerra civil :
"En la parte angloparlante de Camerún, la economía ha quedado paralizada. Más de 6.000 cameruneses han muerto en el conflicto, y cientos de miles están desplazados, 80.000 de los cuales se han refugiado en la vecina Nigeria. En los últimos siete u ocho años, las escuelas han funcionado de manera totalmente precaria, o han permanecido cerradas. Según el International Crisis Group, la educación de más de 600.000 estudiantes se ha visto comprometida por el conflicto".
A esto se pueden añadir los casi 2.000 presos políticos y la afluencia de refugiados procedentes de la vecina turbulenta República Centroafricana.
¿Y la Iglesia ? El 28 de octubre de 2020, poco después de la masacre de Kumba, el Papa Francisco intervino con estas palabras al final de la audiencia general :
"Me uno al dolor de las familias de los jóvenes estudiantes brutalmente asesinados el sábado pasado en Kumba, en Camerún. Siento un gran desconcierto por un acto tan cruel e insensato, que ha arrebatado la vida de los pequeños inocentes mientras estaban en clase en el colegio. ¡Que Dios ilumine los corazones, para que gestos similares no se repitan nunca más y para que las atormentadas regiones del noroeste y suroeste del país puedan finalmente encontrar la paz ! Espero que las armas se callen y se pueda garantizar la seguridad de todos y el derecho de cada joven a la educación y al futuro. Expreso a las familias, a la ciudad de Kumba y a todo Camerún mi afecto e invoco el consuelo que solo Dios puede dar".
Pero pocos días después, el 5 de noviembre, a pocos kilómetros de Bamenda, un comando secuestró a una decena de personas entre las que se encontraban el jefe de una tribu local, Fon Sehm Mbinglo II, y el cardenal camerunés Christian Tumi (1930 – 2021), en ese entonces arzobispo emérito de Duala. Liberado al día siguiente, Tumi era considerado culpable por unos de luchar por la población angloparlante y por otros de ponerse del lado del gobierno central y de haber promovido en 2018 una "“All Anglophone General Conference" destinada a promover una negociación pacificadora, que pronto fracasó.
Los secuestros han apuntado repetidamente a sacerdotes y misioneros católicos, el último de los cuales fue el párroco John Berinyuy Tatah y su vicario, secuestrados no lejos de Bamenda el 15 de noviembre pasado y liberados el 2 de diciembre, ocasión en la que el papa Francisco no dejó de hacer oír su voz en el Ángelus del 23 de noviembre : "Con inmensa tristeza recibí la noticia del secuestro de sacerdotes, fieles y estudiantes en Nigeria y Camerún. Siento un profundo dolor, especialmente por los numerosos jóvenes secuestrados y por sus angustiadas familias. Hago un vehemente llamamiento para la liberación inmediata de los rehenes e insto a las Autoridades competentes a que adopten las medidas necesarias para conseguirla. Oremos por estos hermanos y hermanas nuestros, y para que las iglesias y las escuelas sigan siendo siempre y en todo lugar, espacios seguros y de esperanza".
Se ha calculado que solo en 2023 los secuestros reportaron más de 7,8 millones de dólares en rescates.
En enero de 2021, poco después del percance del cardenal Tumi, el papa Francisco envió a Camerún al cardenal Pietro Parolin para una misión pacificadora. Pero sin ningún resultado. Al anuncio de la visita, los secesionistas incluso amenazaron con represalias a quienes acudieran a recibir al secretario de Estado, acusado también de estar del lado del gobierno.
Pero ahora es el papa León en persona quien se dirige a Camerún como mensajero de paz, venciendo las objeciones de quienes, como el jesuita camerunés Ludovic Lado, doctor en Oxford, antropólogo social y especialista en economía del desarrollo, ha declarado a la revista "America" que desaconsejó al Vaticano la visita de León, debido a la caótica situación política del país y por temor a que su visita pudiera ser interpretada como una aprobación del liderazgo político camerunés.
El caso es que el aeropuerto de Bamenda, cerrado durante seis años, ha sido reabierto para la llegada del papa León y toda la ciudad ha sido renovada, como dijo con regocijo el arzobispo de la diócesis, Andrew Nkea Fuanya, quien es también presidente de la conferencia episcopal de Camerún.
Muchos esperan también que la visita de León pueda traer de nuevo atención y apoyo de todo el mundo a la población de Camerún, una de las más afectadas en África por el recorte total impuesto por Donald Trump a las ayudas a los países pobres distribuidas por la Agencia estadounidense para el desarrollo internacional (USAID).
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Sandro Magister ha sido firma histórica, como vaticanista, del semanario "L'Espresso".
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