Las verdaderas razones del cisma. Un discurso profético de Ratzinger de 1988

(s.m.) Settimo Cielo no ha publi­ca­do nada, hasta aho­ra, sobre el caso —amplia­men­te segui­do por los medios de todo el mun­do— del cisma y la exco­mu­nión que han gol­pea­do a la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, fun­da­da en 1970 por el arzo­bi­spo Marcel Lefebvre, a raíz de la orde­na­ción, ocur­ri­da el 1 de julio, de cua­tro obi­spos sin la auto­ri­za­ción del Papa (en la foto).

Un cisma aná­lo­go, con la cor­re­spon­dien­te exco­mu­nión, ya había gol­pea­do a la Fraternidad el 30 de junio de 1988, tam­bién enton­ces por la orde­na­ción sin man­da­to papal de cua­tro obi­spos.

Y pocos días después, el 13 de julio de aquel año, el enton­ces pre­fec­to de la Congregación para la doc­tri­na de la fe, el car­de­nal Joseph Ratzinger, que esta­ba de visi­ta en Chile, pro­nun­ció en Santiago un discur­so en español a los obi­spos chi­le­nos que ana­li­za­ba las "cau­sas más pro­fun­das" de la rup­tu­ra.

A distan­cia de muchos años, aquel aná­li­sis de Ratzinger resul­ta de una extraor­di­na­ria actua­li­dad. Settimo Cielo lo ofre­ce a sus lec­to­res como cla­ve inter­pre­ta­ti­va de los hechos, con un agra­de­ci­mien­to a quien pri­me­ro lo rede­scu­brió y lo relan­zó, el chi­le­no Luis Badilla Morales, en su juven­tud acti­vo opo­si­tor de la dic­ta­du­ra de Pinochet y después voz impor­tan­te de Radio Vaticana en los años en que esta­ba diri­gi­da por el padre Federico Lombardi.

Entre los moti­vos del cisma, no sor­pren­de que Ratzinger seña­le el recha­zo por par­te de los lefeb­vria­nos de la refor­ma litúr­gi­ca con­ci­liar y su refu­gio en la litur­gia de rito anti­guo. Ésta sigue sien­do hoy una cue­stión sin resol­ver, que invo­lu­cra a gran par­te de la Iglesia cató­li­ca en todo el mun­do y en la que se han visto com­pro­me­ti­dos, con inten­tos opue­stos de solu­ción, tan­to Benedicto XVI como Francisco, y sobre la cual León ha deja­do entre­ver un cami­no de sabio ree­qui­li­brio.

El cami­no empren­di­do por el papa Robert F. Prevost está toda­vía por recor­rer, pero ya ha reco­gi­do la apro­ba­ción de auto­ri­za­dos hom­bres de Iglesia adscri­bi­bles al cam­po más aten­to a la Tradición. Uno de ellos es el car­de­nal Robert Sarah, ex pre­fec­to del dica­ste­rio para el cul­to divi­no, que ha dedi­ca­do su últi­mo libro —publi­ca­do en 2025 en Estados Unidos por Ignatius Press y en estos días en Italia por Cantagalli— pre­ci­sa­men­te a la músi­ca sacra y la litur­gia, en diá­lo­go con Peter Carter, direc­tor del Catholic Sacred Music Project, bajo el títu­lo : "El Cántico del Cordero".

Con acen­tos muy afi­nes a los de Ratzinger teó­lo­go, litur­gi­sta y papa.

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Reflexiones sobre las causas más profundas del caso Lefebvre

por Joseph Ratzinger

Santiago de Chile, 13 de julio de 1988

El pro­ble­ma plan­tea­do por Lefebvre, sin embar­go, no se ter­mi­na con la rup­tu­ra del 30 de junio. Sería dema­sia­do cómo­do dejar­se lle­var por una espe­cie de triun­fa­li­smo, y pen­sar que este pro­ble­ma ha deja­do de ser­lo desde el momen­to en que el movi­mien­to de Lefebvre se ha sepa­ra­do neta­men­te de la Iglesia. Un cri­stia­no nun­ca pue­de ni debe ale­grar­se de una desu­nión. Aunque con toda segu­ri­dad la cul­pa no pue­da acha­car­se a la Santa Sede, es nue­stra obli­ga­ción pre­gun­tar­nos qué erro­res hemos come­ti­do, qué erro­res esta­mos come­tien­do. Las pau­tas con que se valo­ra el pasa­do, desde la apa­ri­ción del decre­to sobre el ecu­me­ni­smo del Vaticano II, deben, como es lógi­co, tener valor tam­bién para el pre­sen­te.

Uno de los descu­bri­mien­tos fun­da­men­ta­les de la teo­lo­gía del ecu­me­ni­smo, es que los cismas se pue­den pro­du­cir úni­ca­men­te cuan­do, en la Iglesia, ya no se viven y aman algu­nas ver­da­des y algu­nos valo­res de la fe cri­stia­na. La ver­dad mar­gi­na­da se inde­pen­di­za, que­da arran­ca­da de la tota­li­dad de la estruc­tu­ra ecle­sial, y alre­de­dor de ella se for­ma enton­ces el nue­vo movi­mien­to. Nos debe hacer refle­xio­nar el hecho de que no pocos hom­bres, más allá del cír­cu­lo más restrin­gi­do de los miem­bros de la con­fra­ter­ni­dad de Lefebvre, están vien­do en este hom­bre una espe­cie de guía o, por lo menos, un alec­cio­na­dor útil. No es sufi­cien­te remi­tir­se a moti­vos polí­ti­cos, o a la nostal­gia y otras razo­nes secun­da­rias de tipo cul­tu­ral. Esas cau­sas no serían sufi­cien­tes para atraer tam­bién, y de modo espe­cial, jóve­nes, de muy diver­sos paí­ses, y bajo con­di­cio­nes polí­ti­cas o cul­tu­ra­les, com­ple­ta­men­te dife­ren­tes. Ciertamente, la visión estre­cha, uni­la­te­ral, se nota en todas par­tes ; sin embar­go, el fenó­me­no en su con­jun­to no sería pen­sa­ble si no estu­vie­ran tam­bién en jue­go ele­men­tos posi­ti­vos, que gene­ral­men­te no encuen­tran sufi­cien­te espa­cio vital en la Iglesia de hoy.

Por todo ello, debe­ría­mos con­si­de­rar esta situa­ción pri­mor­dial­men­te como una oca­sión de exa­men de con­cien­cia. Debemos dejar­nos pre­gun­tar en serio sobre las defi­cien­cias en nue­stra pasto­ral, que son denun­cia­das por todos estos acon­te­ci­mien­tos. De este modo podre­mos ofre­cer un lugar a los que están buscan­do y pre­gun­tan­do den­tro de la Iglesia, y así logra­re­mos con­ver­tir el cisma en super­fluo, desde el mismo inte­rior de la Iglesia.

Querría nom­brar tres aspec­tos que, según mi opi­nión, tie­nen un papel impor­tan­te a este respec­to.

A. Lo san­to y lo pro­fa­no

Hay muchas razo­nes que pue­den haber moti­va­do que muchas per­so­nas busquen un refu­gio en la vie­ja litur­gia. Una pri­me­ra e impor­tan­te es que allí encuen­tran custo­dia­da la digni­dad de lo sagra­do.

Con poste­rio­ri­dad al Concilio, muchos ele­va­ron inten­cio­na­da­men­te a nivel de pro­gra­ma la “desa­cra­li­za­ción”, expli­can­do que el Nuevo Testamento había abo­li­do el cul­to del Templo : la cor­ti­na del Templo desgar­ra­da en el momen­to de la muer­te de cruz de Cristo signi­fi­ca­ría ‑según ellos- el final de lo sacro. La muer­te de Jesús fue­ra de las mural­las, es decir, en el ámbi­to públi­co, es aho­ra el cul­to ver­da­de­ro. El cul­to, si es que exi­ste, se da en la no-sacralidad de la vida coti­dia­na, en el amor vivi­do. Empujados por esos razo­na­mien­tos, se arrin­co­na­ron las vesti­men­tas sagra­das ; se libró a las igle­sias, en la mayor medi­da posi­ble, del esplen­dor que recuer­da lo sacro ; y se redu­jo la litur­gia, en cuan­to cabía, al len­gua­je y gestos de la vida ordi­na­ria, por medio de salu­dos, signos comu­nes de ami­stad y cosas pare­ci­das.

Sin embar­go, con tales teo­rías y una tal pra­xis se desco­no­cía com­ple­ta­men­te la cone­xión real entre el Antiguo y el Nuevo Testamento ; se había olvi­da­do que este mun­do toda­vía no es el Reino de Dios y que “el Santo de Dios” (Io 6,69) sigue estan­do en con­tra­dic­ción con el mun­do ; que nece­si­ta­mos de la puri­fi­ca­ción para acer­car­nos a Él ; que lo pro­fa­no, tam­bién después de la muer­te y resur­rec­ción de Jesús, no ha lle­ga­do a ser lo san­to. El Resucitado se ha apa­re­ci­do sólo a aquel­los cuyo cora­zón se ha deja­do abrir para Él, para el Santo : no se ha mani­fe­sta­do a todo el mun­do. De este mun­do se ha abier­to el nue­vo espa­cio del cul­to, al que aho­ra esta­mos remi­ti­dos todos ; a ese cul­to que con­si­ste en acer­car­se a la comu­ni­dad del Resucitado, a cuyos pies se postra­ron las muje­res y le ado­ra­ron (Mt 28,9).

No quie­ro en este momen­to desar­rol­lar más este pun­to, sino sólo sacar direc­ta­men­te la con­clu­sión : debe­mos recu­pe­rar la dimen­sión de lo sagra­do en la litur­gia. La litur­gia no es festi­val, no es una reu­nión pla­cen­te­ra. No tie­ne impor­tan­cia, ni de lejos, que el pár­ro­co con­si­ga lle­var a cabo ideas suge­sti­vas o elu­cu­bra­cio­nes ima­gi­na­ti­vas. La litur­gia es el hacer­se pre­sen­te del Dios tres veces san­to entre noso­tros, es la zar­za ardien­te, y es la Alianza de Dios con el hom­bre en Jesucristo, el Muerto y Resucitado. La gran­de­za de la litur­gia no se fun­da en que ofre­z­ca un entre­te­ni­mien­to inte­re­san­te, sino en que lle­ga a tocar­nos el Totalmente-Otro, quien no podría­mos hacer venir. Viene por­que quie­re. Dicho de otro modo, lo esen­cial en la litur­gia es el miste­rio, que se rea­li­za en el rito común de la Iglesia ; todo lo demás la reba­ja. Los hom­bres lo expe­ri­men­tan viva­men­te, y se sien­ten engaña­dos cuan­do el miste­rio se con­vier­te en diver­sión, cuan­do el actor prin­ci­pal en la litur­gia ya no es el Dios vivo, sino el sacer­do­te o el ani­ma­dor litúr­gi­co.

B. La no-arbitrariedad de la fe y de su con­ti­nui­dad

Defender el Concilio Vaticano II, en con­tra de Monseñor Lefebvre, como váli­do y vin­cu­lan­te en la Iglesia, es y va a seguir sien­do una nece­si­dad. Sin embar­go, exi­ste una acti­tud de miras estre­chas que aísla el Vaticano II y que ha pro­vo­ca­do la opo­si­ción. Muchas expo­si­cio­nes dan la impre­sión de que, después del Vaticano II, todo haya cam­bia­do y lo ante­rior ya no pue­de tener vali­dez, o, en el mejor de los casos, sólo la ten­drá a la luz del Vaticano II. El Concilio Vaticano Segundo no se tra­ta como par­te de la tota­li­dad de la Tradición viva de la Iglesia, sino direc­ta­men­te como el fin de la Tradición y como un reco­men­zar ente­ra­men­te de cero. La ver­dad es que el mismo Concilio no ha defi­ni­do nin­gún dog­ma y ha que­ri­do de modo con­scien­te expre­sar­se en un ran­go más mode­sto, mera­men­te como Concilio pasto­ral ; sin embar­go, muchos lo inter­pre­tan como si fue­ra casi el super­dog­ma que qui­ta impor­tan­cia a todo lo demás.

Esta impre­sión se refuer­za espe­cial­men­te por hechos que ocur­ren en la vida cor­rien­te. Lo que antes era con­si­de­ra­do lo más san­to – la for­ma tran­smi­ti­da por la litur­gia –, de repen­te apa­re­ce como lo más pro­hi­bi­do y lo úni­co que con segu­ri­dad debe recha­zar­se. No se tole­ra la crí­ti­ca a las medi­das del tiem­po post­con­ci­liar ; pero don­de están en jue­go las anti­guas reglas, o las gran­des ver­da­des de la fe – por ejem­plo, la vir­gi­ni­dad cor­po­ral de María, la resur­rec­ción cor­po­ral de Jesús, la inmor­ta­li­dad del alma, etc. –, o bien no se reac­cio­na en abso­lu­to, o bien se hace sólo de for­ma extre­ma­da­men­te ate­nua­da. Yo mismo he podi­do ver, cuan­do era pro­fe­sor, cómo el mismo obi­spo que antes del Concilio había recha­za­do a un pro­fe­sor irre­pro­cha­ble por su modo de hablar un poco tosco, no se veía capaz, después del Concilio, de recha­zar a otro pro­fe­sor que nega­ba abier­ta­men­te algu­nas ver­da­des fun­da­men­ta­les de la fe. Todo esto lle­va a muchas per­so­nas a pre­gun­tar­se si la Iglesia de hoy es real­men­te toda­vía la misma de ayer, o si no será que se la han cam­bia­do por otra sin avi­sar­les. La úni­ca mane­ra para hacer creí­ble el Vaticano II es pre­sen­tar­lo cla­ra­men­te como lo que es : una par­te de la ente­ra y úni­ca Tradición.

C. La uni­ci­dad de la ver­dad

Dejando aho­ra apar­te la cue­stión litúr­gi­ca, los pun­tos cen­tra­les del con­flic­to son, actual­men­te, el ata­que con­tra el decre­to sobre la liber­tad reli­gio­sa y con­tra el pre­ten­di­do espí­ri­tu de Asís. En ellos Lefebvre tra­za las fron­te­ras entre su posi­ción y la de la Iglesia Católica de hoy. No es nece­sa­rio aña­dir expre­sa­men­te que no se pue­den acep­tar sus afir­ma­cio­nes en este ter­re­no. Pero no vamos a ocu­par­nos aquí de sus erro­res, sino que que­re­mos pre­gun­tar­nos dón­de está la fal­ta de cla­ri­dad en noso­tros mismos.

Para Lefebvre, se tra­ta de la lucha con­tra el libe­ra­li­smo ideo­ló­gi­co, con­tra la rela­ti­vi­za­ción de la ver­dad. Evidentemente, no esta­mos de acuer­do con él en que el tex­to del Concilio sobre la liber­tad reli­gio­sa o la ora­ción de Asís, según las inten­cio­nes que­ri­das por el Papa, son rela­ti­vi­za­cio­nes [de la ver­dad]. Sin embar­go, es ver­dad que, en el movi­mien­to espi­ri­tual del tiem­po post­con­ci­liar, se daba muchas veces un olvi­do, inclu­so una supre­sión de la cue­stión de la ver­dad ; qui­zás apun­ta­mos aquí al pro­ble­ma cru­cial de la teo­lo­gía y la pasto­ral de hoy.

La “ver­dad” apa­re­ció de pron­to como una pre­ten­sión dema­sia­do alta, un “triun­fa­li­smo” que ya no podía per­mi­tir­se. Este pro­ce­so se veri­fi­ca de modo cla­ro en la cri­sis en la que han caí­do el ideal y la pra­xis misio­ne­ra. Si no apun­ta­mos a la ver­dad al anun­ciar nue­stra fe, y si esa ver­dad ya no es esen­cial para la sal­va­ción del hom­bre, enton­ces las misio­nes pier­den su sen­ti­do. En efec­to, se dedu­cía y se dedu­ce la con­clu­sión que, en el futu­ro, se debe buscar sólo que los cri­stia­nos sean bue­nos cri­stia­nos, los musul­ma­nes bue­nos musul­ma­nes, los hin­dúes bue­nos hin­dúes, etc. Pero, ¿cómo se pue­de saber cuán­do alguien es “buen” cri­stia­no o “buen” musul­mán ? La idea de que todas las reli­gio­nes son, hablan­do con pro­pie­dad, sola­men­te sím­bo­los de lo incom­pren­si­ble en últi­mo tér­mi­no, gana ter­re­no rápi­da­men­te tam­bién en la teo­lo­gía y ya entra pro­fun­da­men­te en la pra­xis litúr­gi­ca. Alí don­de se pro­du­ce ese fenó­me­no, la fe como tal que­da aban­do­na­da, pues con­si­ste pre­ci­sa­men­te en que yo me con­fío a la ver­dad en tan­to que reco­no­ci­da. Así, cier­ta­men­te, tene­mos todas las moti­va­cio­nes para vol­ver al buen sen­ti­do tam­bién en esto. Si con­se­gui­mos mostrar y vivir de nue­vo la tota­li­dad de lo cató­li­co en estos pun­tos, enton­ces pode­mos espe­rar que el cisma de Lefebvre no será de lar­ga dura­ción.

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Sandro Magister ha sido fir­ma histó­ri­ca, como vati­ca­ni­sta, del sema­na­rio "L'Espresso".
Los últi­mos artí­cu­los en español de su blog Settimo Cielo están en esta pági­na.
Todos los artí­cu­los de su blog Settimo Cielo están dispo­ni­bles en español desde 2017 hasta hoy.
También el índi­ce com­ple­to de todos los artí­cu­los en español, desde 2006 a 2016.

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