(s.m.) Recibo y publico. El autor de la nota, Pietro De Marco (en la foto), 85 años, insigne especialista en filosofía, teología e historia, ha enseñado sociología de la religión en la Universidad de Florencia y en la Facultad teológica de Italia Central.
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"¿Existen realmente solo los 'palestinos humillados'?"
de Pietro De Marco
Querido Magister, le estoy verdaderamente agradecido por el subrayado que ha dado a la importante Carta pastoral del patriarca de Jerusalén de los latinos Pierbattista Pizzaballa y por la publicación de los encontrados comentarios de parte judía del profesor Sergio Della Pergola y del rabino Alon Goshen-Gottstein.
La imagen de la Jerusalén del fin de los tiempos es, en efecto, un horizonte de maravillosa esperanza. Me ha recordado que inicié la colaboración con su blog en el ya lejano final de 2002, proponiendo un método de aceptación y reconocimiento teológico entre los dos pueblos, israelí y palestino, mejor aún, entre sus ordenamientos sagrados, y un breve proyecto sobre Jerusalén. Añado —para el lector— que no se trataba de un ejercicio de utopía, que no me gusta, sino de una extensión analógica del elevado modelo católico de los Concordatos al caso de Jerusalén.
Pero voy al punto. Tras leer los dos comentarios, hay que decir que Della Pergola tiene razón en algunos puntos, frente a la opinión de Goshen-Gottstein, que se hace defensor irénico del documento incluso contra toda evidencia : desde la banal cuestión de si la Carta pastoral es o no un texto dirigido a todos —y lo es ciertamente, pues, pese a la forma, todos pueden leerla, y en la historia de la Iglesia las cartas pastorales importantes son universalmente leídas — , hasta el delicado punto, casi al inicio, del doble significado del 7 de octubre de 2023 para judíos y palestinos.
La naturaleza del texto del patriarca —evidente que se debe contextualizar "en la realidad social y espiritual vivida por la comunidad [cristiana y católica]", como sostiene Goshen-Gottstein — , no vuelve inocuas sus palabras. La frase señalada, aquella en la que Pizzaballa escribe que el 7 de octubre —el ataque a Israel— "para los palestinos representa la última fase dramática de una larga historia de humillaciones y de éxodos", no es un intachable modo "neutral" de presentar las cosas. Y no es cierto que esperar algo más conforme a los hechos sea una pretensión y un problema de Della Pergola, pero no del lector común. Las argucias dialécticas de Goshen-Gottstein no están a la altura de la cuestión, que va mucho más allá de la Carta y compromete derechos y deberes de la palabra pública de la Iglesia.
Ante todo, la expresión del patriarca es ambigua : ¿"la última fase dramática" designa las consecuencias de la sangrienta razia de Hamás, o sea, la respuesta israelí ? ¿O es la misma razia de Hamás la que hay que poner en serie con una larga historia de opresiones, una historia que de humillación y opresión se invertiría en reacción y violencia ? Las dos lecturas se practican desde hace tiempo y se mezclan fácilmente por la justificación pro-Hamás.
Naturalmente aquí soy yo quien menciona a Hamás, nombre con el que simplifico la composición mixta de los asaltantes del 7 de octubre. Al faltar en la Carta pastoral esta determinación, es más, toda referencia, aunque sea velada, a las organizaciones terroristas apostadas en la Franja, la frase suena abstracta, pietista —solo hay palestinos humillados — , ajena a la verdad de los hechos específicos como de toda la situación, actual e histórica, de las relaciones entre Israel y la población de Gaza, incluidos sus componentes armados, entrenados y fortificados.
Si es cierto que un dramático incremento de sufrimientos marca desde entonces a los palestinos, mientras que para los israelíes habría (¿solamente?) el trauma de lo inédito —sus propias fronteras violadas, habitantes comunes (y no soldados en combate) secuestrados o asesinados — , este estado de cosas tiene sus causas específicas en un ataque sin el cual nada habría ocurrido y en una potencia regional, Irán, de la que depende mucho, si no todo, cuando se trata de atentar contra la seguridad y la propia existencia de Israel.
Sin la respuesta militar sobre Gaza, el ataque del 7 de octubre como tal, con el añadido de largas, costosas y humillantes —para Israel— negociaciones por el rescate de los secuestrados, se habría transformado en un tremendo debilitamiento de la cohesión pública de la sociedad israelí, que es desde siempre, necesariamente, un cuerpo combatiente.
¿Un discurso "espiritual" en el horizonte meramente "religioso" de una comunidad católica muy "sui generis", como la asignada a la paternidad del cardenal Pizzaballa, no puede, no debe, tocar estos argumentos ? ¿Existen realmente solo los "palestinos humillados" que, ciertamente, es un buen tema de predicación ? Cuando Della Pergola objeta con viveza esto y otras cosas, es imposible no darle la razón. Negaría quizás su pesimismo sobre las relaciones futuras, pero también presentes, entre la Iglesia e Israel.
Pero la dificultad de Della Pergola con respecto a Pizzaballa es desde hace tiempo también una pregunta nuestra, católica, al menos de algunos de nosotros. Escribía en el ya lejano 2009 que la comunidad internacional y Europa, y añado ahora, la Iglesia, al romper la solidaridad con Israel y hacerlo aparecer como el actor de una guerra privada, para ofrecerse "inocentes" al mundo musulmán y en general al tercer y cuarto mundo, se presentaban y se declaraban inermes, contribuyendo al fortalecimiento del yihadismo paramilitar y terrorista. Todo puntualmente verificado, pero era una previsión banal.
Digo ahora, insistentemente : ¿puede la Iglesia católica, la razón católica, fingir ignorar la facticidad histórica, refugiarse en exhortaciones en las que, verdaderamente, todas las vacas son negras, o incoloras, como se prefiera ? Una exhortación "religiosa" —término equívoco— que, entre otras cosas, no está en su estilo, más bien en el de los pacifismos protestantes.
Por lo que me queda de razón y de vida no dejaré de decir que no puede. Es contrario a la verdad. Si por razones apremiantes la verdad no puede decirse (veo al patriarca Pizzaballa decirme : "Usted no imagina ni remotamente la situación en la que se encuentra aquí una autoridad cristiana") sobre ciertos puntos sería mejor callar. Durante largos siglos la jerarquía católica ha sido bastante poco locuaz sobre paz y guerra, dejando la decisión de aplicar el "ius ad bellum" al soberano temporal, que asumía sus responsabilidades.
Pero los factores más preocupantes, en la realidad católica reciente, son otros. Hay una deriva, que el pontificado del papa Jorge Mario Bergoglio ha contribuido a legitimar en lugar de frenar : la contaminación de espíritu laico "ilustrado", de utopismo progresista, de legítimo optimismo cristiano y de primacía del hablar en beneficio de los medios mundiales. El discurso consiguiente se convierte inevitablemente en una "langue de bois", un "political cant", una manera con resultados mediáticos garantizados, pero políticamente nulos.
Digo "optimismo cristiano" y quiero decir que no siempre es una virtud. Leo en la Carta pastoral (al inicio de la segunda parte) que Caín edificó una ciudad para regenerar allí una comunidad solidaria. Quedo perplejo : no me parecía esta la interpretación correcta de ese pasaje del Génesis. Un hebraísta de valía, no conservador, como Luca Mazzinghi escribía hace tiempo : "Atribuir a Caín la construcción de la primera ciudad de la historia traiciona un juicio negativo sobre la ciudad misma, vista como lugar de violencia ; la violencia es el corazón del pecado de Caín y de otro descendiente suyo, el vengativo Lamec, quien se venga 'setenta y siete veces' de quien lo ha ofendido (cfr. Génesis 4, 23 – 24). Todo esto nos impide tener de la ciudad —de toda ciudad— una visión irenista".
Veo que también la exégesis reciente tiende a banalizar el asunto : haber construido una ciudad no tendría significados particulares más allá del literal. Agustín veía en la ciudad de Caín la primera "civitas", no la "civitas Dei". Ahora bien, ¿por qué dorar las cosas ? Gaza City y otros asentamientos, con sus redes de túneles, las fábricas y los depósitos de armas, las concentraciones de combatientes —todo conocido por los habitantes— ¿eran comunidades amorosas ? Tampoco otras ciudades lo eran ni lo son.
La única comunidad santa es la Jerusalén del Apocalipsis. Ciertamente la Iglesia "in mysterio" se encamina a converger con ella. Esta tensión de una, aunque pequeña Iglesia, hacia el modelo de la Jerusalén celeste está muy bien, diría magníficamente expresada en la Carta pastoral y no merece las consideraciones polémicas de Della Pergola ("Si Jerusalén es para ustedes todo, ¿por qué entonces están en Roma?"), que sin embargo expresan los celos legítimos del judío hacia Jerusalén, la Amada.
En suma, si el optimismo cristiano, básicamente, debe ser promovido —¿y qué cosa más y mejor puede hacer un pastor ante una comunidad atribulada ? — , la palabra pública y "política" (que siempre lo es) de la Iglesia católica debe liberarse de un discurso y una visión subordinados a las clases ilustradas, desde hace décadas "humanitarias" por antijudaísmo, que parecen facilitar su recepción, pero le impiden, ciertamente le estorban gravemente, la soberana libertad y deberes de claridad, la propia, no la inducida por el parloteo universal.
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Sandro Magister ha sido firma histórica, como vaticanista, del semanario "L'Espresso".
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