“De
sarmada y desarmante”: así es también la inteligencia artificial que León desea. En la encíclica “Magnifica humanitas” ha dedicado un capítulo entero, el quinto y último, a cuestionar la “cultura de la potencia” que quita todo freno a la guerra, promovida a “prosecución natural de la política” cuando, en cambio, los avances tecnológicos son ya tales que imponen incluso “la superación de la teoría de la ‘guerra justa’, demasiado a menudo invocada para justificar cualquier guerra, quedando a salvo el derecho a la legítima defensa entendida en el sentido más estricto”.
En 240 páginas de texto, muchas de ellas de invectiva contra las guerras y las armas, hay solo un par de líneas —en los párrafos 192 y 197— dedicadas a confirmar “el recurso a la fuerza armada como último recurso en caso de legítima defensa”, a la que sin embargo ya no le correspondería la calificación de “justa”.
En apoyo de esto, en una nota a pie de página, la 182, León remite a la encíclica “Fratelli tutti” del papa Francisco, quien efectivamente fue el primero en declarar en un documento pontificio que hoy “es muy difícil sostener los criterios racionales madurados en otros siglos para hablar de una posible ‘guerra justa’”.
Pero León remite, en la misma nota, también al Catecismo de la Iglesia Católica, de valor magisterial ciertamente superior, que, en cambio, en el n. 2309 mantiene firme “la doctrina llamada de la ‘guerra justa’”, enumera “las estrictas condiciones que justifican una legítima defensa con la fuerza militar” y resume así, en el n. 2308, la enseñanza de la Iglesia, con las palabras de la constitución “Gaudium et spes” del Concilio Vaticano II : “Mientras exista el peligro de la guerra y no haya una autoridad internacional competente, provista de fuerzas eficaces, una vez agotadas todas las posibilidades de un arreglo pacífico, no se podrá negar a los gobiernos el derecho a una legítima defensa”. Un derecho —específica el Catecismo en el n. 2265— que “puede ser también un grave deber para quien es responsable de la vida de otros”, ya que “la defensa del bien común exige que se ponga al injusto agresor en estado de no dañar”, con “el derecho de usar también las armas”.
Según el Catecismo, las “estrictas condiciones” que justifican una guerra de defensa son cuatro y deben cumplirse “simultáneamente”: 1. “que el daño causado por el agresor a la nación o a la comunidad de naciones sea duradero, grave y cierto”; 2. “que todos los demás medios para ponerle fin se hayan revelado impracticables o ineficaces”; 3. “que haya fundadas condiciones de éxito”; 4. “que el recurso a las armas no provoque males y desórdenes más graves que el mal a eliminar”.
Si esto se lee en los documentos magisteriales de la Iglesia, hay que reconocer entonces que sobre la cuestión de la “guerra justa” y de la legítima defensa, la encíclica “Magnifica humanitas” plantea más problemas que soluciones.
Ante todo, por la contradicción entre la “legitimidad” reconocida a una guerra de defensa armada respetuosa de las condiciones fijadas por el Catecismo y la negación de la calificación de “justa” a dicha guerra.
En segundo lugar, por la clamorosa desproporción entre la cantidad de invectivas contra todas las guerras y las armas, no solo en “Magnifica humanitas” sino en innumerables intervenciones escritas y orales del actual pontificado, y las raras y mínimas referencias a la reconocida legitimidad de la guerra de defensa.
Y, en tercer lugar, por el contraste entre el apoyo dado de hecho por León a la heroica guerra de defensa librada por Ucrania contra la agresión rusa y las tantas palabras con que, en cambio, el mismo Papa condena todas las guerras y las armas, aparentemente sin excepciones.
Estas son contradicciones que han sido puestas de relieve con insólita precisión documental por Luca Diotallevi, profesor de sociología en la Universidad de Roma Tres y en la Facultad Teológica de Italia Septentrional, en un amplio artículo en el último número de la prestigiosa revista “Il Regno”, ofrecido a la lectura íntegra también para los no suscriptores.
El análisis de Diotallevi muestra cuánto han caracterizado tales contradicciones los últimos decenios de la vida de la Iglesia, en todos sus niveles hasta los grados más altos de la jerarquía, callando sin embargo sobre el pontificado de Francisco —sobre el que un juicio se dice “prematuro”— y aún más sobre el de León.
En la Iglesia campea en efecto un pacifismo que sistemáticamente calla no solo lo que está dicho con claridad en el Catecismo, sino también cuanto dijo Pablo VI en las Naciones Unidas el 4 de octubre de 1965 además del citadísimo grito “¡no más la guerra, no más la guerra!”, relanzado tal cual también en “Magnifica humanitas”, a saber, que “mientras el hombre siga siendo el ser débil, voluble y también malo, como a menudo se muestra, las armas de la defensa serán necesarias, ¡por desgracia!”.
O nadie recuerda ya de Juan Pablo II el llamamiento de 1992 a las Naciones Unidas y a Europa para “desarmar al agresor” en los Balcanes en guerra : “La conciencia de la humanidad, sostenida ya por las disposiciones del derecho internacional humanitario, exige que sea obligatoria la intervención humanitaria en las situaciones que comprometen gravemente la supervivencia de pueblos y de enteros grupos étnicos : es un deber para las naciones y la comunidad internacional”.
O se olvida también la neta afirmación de Joseph Ratzinger al conmemorar el 4 de junio de 2004 el desembarco en Normandía, inicio del fin del dominio nazi y de la victoria del mundo libre : “Si alguna vez en la historia se ha dado un ‘bellum iustum’ es aquí donde lo encontramos, en el empeño de los Aliados, porque su intervención obraba en sus resultados también por el bien de aquellos contra cuyo país se conducía la guerra”.
En el terreno de los hechos, no hay duda de que León —a diferencia del predecesor Francisco, que había llegado a pedir a Ucrania que alzara “bandera blanca”— considera “justa” la defensa armada llevada a cabo por la nación ucraniana contra la agresión rusa. Es notorio el neto juicio por él expresado sobre este conflicto antes de ser elegido Papa. Y se intuye que tal juicio siga valiendo también hoy, con solo querer descifrar sus palabras y sus gestos.
Valga por ejemplo lo dicho por él en el cuarto aniversario de la agresión rusa, en el Ángelus del 22 de febrero de 2026 : “Han pasado ya cuatro años desde el inicio de la guerra contra Ucrania. Mi corazón se dirige aún a la dramática situación que está bajo los ojos de todos : ¡cuántas víctimas ! ¡cuántas vidas y familias rotas!, ¡cuánta destrucción, cuántos sufrimientos indecibles ! Invito a todos a unirse en oración por el martirizado pueblo ucraniano”.
O también lo dicho por León en la audiencia general del pasado miércoles tras el agravamiento de los ataques rusos contra la población civil : “Sigo con preocupación la guerra en Ucrania, que conoce en estos días una fuerte intensificación. Deseo expresar mi cercanía a cuantos sufren a causa de los recientes ataques, realizados también contra civiles. Donde caen misiles y drones, caen también las esperanzas, se destruyen casas y lugares de oración, se siegan vidas inocentes”.
Pero si es inequívoca esta solidaridad de León con el pueblo ucraniano que combate en defensa de la libertad y de la vida, resulta incoherente que dicho apoyo se acompañe de frecuentísimas y generalizadas condenas de los gastos en armamento, como si fueran todos y siempre pecaminosos.
La encíclica “Magnifica humanitas” está llena de tales condenas. Pero para resumirlas basta releer lo dicho por León el pasado 14 de mayo en visita a la Universidad “Sapienza” de Roma : “En el último año el crecimiento del gasto militar en el mundo, y en particular en Europa, ha sido enorme : no se llame ‘defensa’ a un rearme que aumenta tensiones e inseguridad, depaupera las inversiones en educación y salud, desmiente la confianza en la diplomacia, enriquece a élites a las que nada importa el bien común. Es necesario además vigilar sobre el desarrollo y la aplicación de las inteligencias artificiales en ámbito militar y civil, para que no quiten responsabilidad a las decisiones humanas y no empeoren la tragedia de los conflictos. Cuanto está sucediendo en Ucrania, en Gaza y en los territorios palestinos, en Líbano, en Irán, describe la inhumana evolución de la relación entre guerra y nuevas tecnologías en una espiral de aniquilamiento. ¡El estudio, la investigación, las inversiones vayan en la dirección opuesta : sean un radical ‘sí’ a la vida ! ¡Sí a la vida inocente, sí a la vida joven, sí a la vida de los pueblos que invocan paz y justicia!”.
En estas palabras del Papa hay mucho de compartible, pero hay también pasajes que chocan con la realidad. No puede, por ejemplo, ser descalificada la necesaria defensa militar de la que Europa debe dotarse —tanto más ante el creciente descompromiso del aliado americano— para garantizar la propia seguridad frente a agresiones futuras y, más aún, ya en curso desde hace años en su frente oriental, en Ucrania.
Ni pueden ser condenadas “a priori” las innovaciones tecnológicas puestas en práctica por la misma Ucrania para producir los más avanzados sistemas del mundo de defensa y de ataque mediante drones de nueva generación, capaces de bloquear el avance ruso.
Estas incoherencias en la predicación del papa León cosechan el ininterrumpido aplauso, sincero o calculado, de gran parte de la opinión pública y de las clases dirigentes, bajo la enseña de una genérica invocación de paz.
Pero tampoco pueden seguir callándose, si verdaderamente se quiere una paz justa, una “pax opus iustitiae”.
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Sandro Magister ha sido firma histórica, como vaticanista, del semanario "L'Espresso".
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