El Patriarca de Tierra Santa : “Vivir aquí y ahora el estilo de la Jerusalén celestial”

(s.m.) A par­tir del 11 de mayo, la car­ta está dispo­ni­ble tam­bién en las libre­rías, impre­sa por la Libreria Editrice Vaticana con el títu­lo “Volvieron a Jerusalén con gran ale­gría”, toma­do del rela­to evan­gé­li­co de los discí­pu­los de Emaús.

Es la últi­ma car­ta a los fie­les del Patriarca de Tierra Santa, el car­de­nal Pierbattista Pizzaballa. Una car­ta más lar­ga de lo habi­tual y muy espe­cial, como se dice en sus pri­me­ras líneas. No es un ené­si­mo aná­li­sis o denun­cia de una “situa­ción de con­flic­to polí­ti­co, mili­tar, espi­ri­tual que sabe­mos dura­rá aún muchos años”, sino un instru­men­to de refle­xión “para leer poco a poco en las comu­ni­da­des, en los mona­ste­rios, en las fami­lias” para “ayu­dar a cada uno a inter­ro­gar­se sobre cómo vivir hoy la fe cri­stia­na en esta tier­ra a la luz del Evangelio”.

Lo que lla­ma la aten­ción de inme­dia­to es la fuer­te sin­to­nía entre esta car­ta y la visión del mun­do y de la histo­ria del papa León, pode­ro­sa­men­te inspi­ra­da por "La Ciudad de Dios" de Agustín.

Como para Agustín y León, la huma­ni­dad está lla­ma­da a vivir en la ciu­dad ter­re­na, don­de domi­na el amor orgul­lo­so de sí mismo, pero con el cora­zón y la men­te diri­gi­dos a la ciu­dad cele­ste, don­de domi­na el amor de Dios y al pró­ji­mo, así para Pizzaballa las vici­si­tu­des de los tiem­pos pre­sen­tes deben ser vivi­das a la luz de la Jerusalén “que descien­de del Cielo” descri­ta en los dos últi­mos capí­tu­los del Apocalipsis (en la foto, la Jerusalén cele­stial en un mosai­co del siglo IX en la basí­li­ca roma­na de Santa Práxedes).

Y, de hecho, la car­ta del Patriarca de Tierra Santa está con­strui­da pre­ci­sa­men­te sobre este esque­ma bipo­lar. Su pri­me­ra par­te lle­va por títu­lo : “Leer la rea­li­dad : con­si­de­ra­cio­nes sobre el pre­sen­te”. Mientras que la segun­da par­te se titu­la “La voca­ción : el sueño de Dios lla­ma­do Jerusalén”. Con una ter­ce­ra par­te adi­cio­nal dedi­ca­da a “cómo vivir aquí y aho­ra el esti­lo de la Jerusalén cele­stial”.

La descri­p­ción que Pizzaballa hace de la situa­ción pre­sen­te en Tierra Santa es muy rea­li­sta : “Convivencia, diá­lo­go, justi­cia, dere­chos huma­nos, dos pue­blos y dos Estados, los tér­mi­nos que duran­te años han ali­men­ta­do nue­stro discur­so hoy nos pare­cen desga­sta­dos y vacia­dos de signi­fi­ca­do”.

Pero si se amplía la mira­da a toda la histo­ria leí­da “según las Escrituras”, la visión cam­bia. Si la histo­ria de la huma­ni­dad comien­za en un jar­dín, el Edén, en un esta­do de ino­cen­cia pri­mor­dial pero tam­bién de sole­dad, la histo­ria ter­mi­na en una ciu­dad, la nue­va Jerusalén, que “no es un retor­no a un pasa­do idí­li­co y aisla­do, sino la con­struc­ción de un futu­ro comu­ni­ta­rio, com­ple­jo y recon­ci­lia­do. El fin de la histo­ria tien­de a una socie­dad madu­ra, una ‘ciu­dad’, pre­ci­sa­men­te”.

Escrita con pro­sa sen­cil­la y cau­ti­va­do­ra, la car­ta de Pizzaballa es para leer­la ente­ra. Resumirla sería pri­var­la de su fuer­za expre­si­va, así como de la rique­za de sus refe­ren­cias a la actua­li­dad. Se encuen­tra en el sitio del Patriarcado Latino de Jerusalén en cin­co idio­mas : ita­lia­no, inglés, español, fran­cés, ára­be :

> “Volvieron a Jerusalén con gran ale­gría”

Pero aquí va, mien­tras tan­to, un ade­lan­to. A con­ti­nua­ción se repro­du­cen tres frag­men­tos de la car­ta toma­dos de su segun­da sec­ción, más otro frag­men­to toma­do de la ter­ce­ra.

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De la carta del patriarca de Tierra Santa a los fieles. Cuatro fragmentos

por Pierbattista Pizzaballa

La pri­me­ra ciu­dad men­cio­na­da en la Biblia fue con­strui­da por Caín (Gn 4,17). Tras matar a su her­ma­no, con­struyó un refu­gio : un lugar don­de poner fin a la vio­len­cia, don­de recon­struir la fra­ter­ni­dad per­di­da. En la Escritura, la ciu­dad sur­ge, por tan­to, como un inten­to huma­no de recrear la con­vi­ven­cia allí don­de la rela­ción se ha roto.

La últi­ma ciu­dad de la Biblia es, en cam­bio, la Nueva Jerusalén « que descien­de del cie­lo » (Ap 21 – 22). Entre estos dos polos – la ciudad-refugio con­strui­da por el hom­bre por mie­do y la ciudad-don que descien­de de Dios por amor – se desar­rol­la toda la histo­ria de la sal­va­ción.

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“Y vi un cie­lo nue­vo y una tier­ra nue­va, pues el pri­mer cie­lo y la pri­me­ra tier­ra desa­pa­re­cie­ron, y el mar ya no exi­stía” (Ap 21,1).

Lo pri­me­ro que ve Juan no es la ciu­dad, sino un « Cielo nue­vo ». Jerusalén tie­ne un cie­lo. Puede pare­cer tri­vial o evi­den­te, pero es su rasgo distin­ti­vo más elo­cuen­te. Incluso su anta­go­ni­sta, Babilonia, se descri­be en el Apocalipsis con todo detal­le. Sin embar­go, de Babilonia, nun­ca se ve el cie­lo. Es una ciu­dad sin cie­lo y, por tan­to, sin Dios : encer­ra­da en un hori­zon­te pura­men­te huma­no y ter­re­nal, y por ello desti­na­da a la rui­na.

El cie­lo de Jerusalén, ade­más, es total­men­te espe­cial : es un Cielo « nue­vo ». No es la pri­me­ra vez que Juan habla del cie­lo. En el capí­tu­lo 4 del Apocalipsis, las visio­nes se abren con un anun­cio signi­fi­ca­ti­vo : el viden­te ve una puer­ta abier­ta en el cie­lo (Ap 4,1). El cie­lo es nue­vo, ante todo por­que está abier­to. Y se ha abier­to por­que el Hijo del hom­bre, que descen­dió del Cielo, tras la Resurrección regre­só al Cielo, lle­van­do con­si­go a la huma­ni­dad (cf. Jn 1,51). El Cielo nue­vo es un cie­lo ya habi­ta­do por el hom­bre.

En este pasa­je encon­tra­mos una indi­ca­ción impor­tan­te : para con­struir la ciu­dad, para tejer rela­cio­nes autén­ti­cas entre noso­tros y entre nue­stras comu­ni­da­des, hay que par­tir ante todo de la con­cien­cia de la pre­sen­cia de Dios, del pri­ma­do de Dios, de la fe. Dios no debe ser exclui­do. Jerusalén no es solo una cue­stión de fron­te­ras polí­ti­cas o acuer­dos téc­ni­cos. Su iden­ti­dad prin­ci­pal – la carac­te­rí­sti­ca más impor­tan­te de la Ciudad y de toda Tierra Santa – es la de ser el lugar de la reve­la­ción de Dios, el lugar don­de las reli­gio­nes están en casa.

Todavía hoy, esta dimen­sión se hace tan­gi­ble y visi­ble espe­cial­men­te en lo que se con­si­de­ra la cuen­ca sagra­da, don­de se con­cen­tran casi todos los prin­ci­pa­les Lugares Santos : la Ciudad Vieja y el Monte de los Olivos. Las cele­bra­cio­nes públi­cas de las distin­tas comu­ni­da­des reli­gio­sas, mar­ca­das por rit­mos dife­ren­tes y a veces super­pue­stas unas a otras, tran­sfor­man la ciu­dad, sobre todo en deter­mi­na­dos momen­tos del año, dan­do vida a una extraor­di­na­ria sin­fo­nía de ora­cio­nes, can­tos y litur­gias diver­sas.

Además, es fre­cuen­te, a las pri­me­ras luces del alba o en el silen­cio de la noche, encon­trar a hom­bres y muje­res de todas las eda­des – judíos, cri­stia­nos y musul­ma­nes – cami­nan­do por los sen­de­ros de la ciu­dad, envuel­tos en sus dife­ren­tes man­tos y diri­gi­dos a sus respec­ti­vos Lugares Santos, para unir­se a los reli­gio­sos que allí rezan día y noche. La ora­ción de las dife­ren­tes comu­ni­da­des reli­gio­sas, en defi­ni­ti­va, mar­ca el rit­mo de toda la ciu­dad : es su alien­to y su luz. Esta es la iden­ti­dad más bel­la y cau­ti­va­do­ra de la ciu­dad, su carac­te­rí­sti­ca más pre­cio­sa, que deber ser custo­dia­da y pre­ser­va­da.

Ignorar esta dimen­sión « ver­ti­cal » de nue­stra Tierra, esta sen­si­bi­li­dad reli­gio­sa y espi­ri­tual de las comu­ni­da­des que la habi­tan – judías, musul­ma­nas y cri­stia­nas – es la razón más pro­fun­da del fra­ca­so de los acuer­dos de con­vi­ven­cia que se han suce­di­do en las últi­mas déca­das. Y tam­bién los futu­ros esta­rán desti­na­dos al fra­ca­so si no se tie­ne en cuen­ta el carác­ter espe­cial, en cuan­to pro­fé­ti­co, de Jerusalén. Esta debe ser, ante todo, una casa de ora­ción para todos los pue­blos (cf. Is 56,7).

No que­re­mos poner en tela de jui­cio, y de hecho con­fir­ma­mos, la nece­si­dad de los diver­sos “Status Quo” exi­sten­tes, impor­tan­tes para regu­lar las rela­cio­nes entre las distin­tas comu­ni­da­des de la ciu­dad. Creo, sin embar­go, que tam­bién se nece­si­ta el valor de un nue­vo impul­so, de con­struir nue­vos mode­los de vida y de rela­cio­nes en los que la fe común en Dios pue­da con­ver­tir­se en oca­sión de encuen­tro y no de exclu­sión. Una fe que nos abra al Cielo y al mun­do, don­de todos los creyen­tes se sien­tan lla­ma­dos a lle­var a la huma­ni­dad hacia Dios. Ningún proyec­to de con­vi­ven­cia en Tierra Santa pue­de pre­scin­dir de la dimen­sión ver­ti­cal, de la con­cien­cia de que esta tier­ra es, ante todo, el lugar de la Revelación.

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“Está rodea­da de gran­des y altas mural­las con doce puer­tas ; sobre estas puer­tas hay doce ánge­les y nom­bres escri­tos, los nom­bres de las doce tri­bus de los hijos de Israel… Las mural­las de la ciu­dad descan­san sobre doce cimien­tos, sobre los cua­les están los doce nom­bres de los doce apó­sto­les del Cordero” (Ap 21,12 – 14).

En esta descri­p­ción, lla­ma la aten­ción una apa­ren­te incon­gruen­cia. Los doce apó­sto­les se sitúan como fun­da­men­to del edi­fi­cio, mien­tras que las doce tri­bus de Israel apa­re­cen en las puer­tas. Desde el pun­to de vista cro­no­ló­gi­co, cabría espe­rar lo con­tra­rio : Israel vie­ne antes que los apó­sto­les. Sin embar­go, en la visión del Apocalipsis, lo anti­guo y lo nue­vo no se con­tra­po­nen ni se super­po­nen, sino que se recom­po­nen en una uni­dad redi­mi­da. Dios no bor­ra la histo­ria, sino que la recrea ponién­do­le nue­vos cimien­tos, en los que nada se pier­de y todo vuel­ve a encon­trar su lugar. Jerusalén se con­vier­te así en el cum­pli­mien­to tan­to para las doce tri­bus como para los doce apó­sto­les. Solo den­tro de esta ciu­dad cada uno pue­de rede­scu­brir el sen­ti­do de su pro­pia histo­ria y de su pro­pia misión.

Este es un pun­to deci­si­vo tam­bién para noso­tros hoy. La vio­len­cia nace a menu­do de la inca­pa­ci­dad de releer la pro­pia histo­ria de mane­ra redi­mi­da. Ocurre cuan­do la memo­ria se con­vier­te en una nar­ra­ción cer­ra­da, con­strui­da con­tra el otro y defen­di­da como una pose­sión exclu­si­va. La pre­o­cu­pa­ción por la pose­sión de la pro­pie­dad, asu­mi­da como cri­te­rio para defi­nir las rela­cio­nes, se refle­ja tam­bién en la rela­ción con la memo­ria histó­ri­ca. Se tien­de a que­rer poseer la nar­ra­ción de los acon­te­ci­mien­tos, como un ter­ri­to­rio que hay que defen­der, ponien­do con­ti­nua­men­te en tela de jui­cio la memo­ria histó­ri­ca del otro. Al hacer­lo, ya no es una memo­ria que ayu­de a mejo­rar las rela­cio­nes, sino que, por el con­tra­rio, se con­vier­te en una « memo­ria tóxi­ca », que las enve­ne­na. Negar la memo­ria histó­ri­ca del otro es una for­ma sutil pero pode­ro­sa de exclu­sión.

Es nece­sa­rio, en cam­bio, replan­tear­se las pro­pias cate­go­rías de « histo­ria » y « memo­ria » y, en con­se­cuen­cia, tam­bién las de « cul­pa », « justi­cia » y « per­dón ». Son estas últi­mas las que ponen en con­tac­to direc­to la esfe­ra reli­gio­sa con la moral, la social y la polí­ti­ca. No se tra­ta de negar los hechos del pasa­do, sino de veri­fi­car sus inter­pre­ta­cio­nes, para que estas no deter­mi­nen de mane­ra vio­len­ta las deci­sio­nes de hoy. Solo a tra­vés de este ree­xa­men hone­sto se pue­de redi­mir la pro­pia lec­tu­ra histó­ri­ca en bene­fi­cio de toda la huma­ni­dad. Las escue­las, las uni­ver­si­da­des, los cen­tros y movi­mien­tos cul­tu­ra­les y los medios de comu­ni­ca­ción son los prin­ci­pa­les respon­sa­bles de esta misión de replan­tea­mien­to y sana­ción de la memo­ria. Son ellos quie­nes pue­den con­tri­buir a con­struir una nar­ra­ti­va histó­ri­ca dife­ren­te, posi­ti­va y no excluyen­te.

Esta puri­fi­ca­ción no es una ope­ra­ción diplo­má­ti­ca, ni un com­pro­mi­so polí­ti­co : es un acto pro­fun­da­men­te espi­ri­tual, por­que toca las raí­ces de la iden­ti­dad y del dolor. Requiere dejar­nos redi­mir por Dios para poder con­ver­tir­nos, a nue­stra vez, en instru­men­tos y cana­les de sana­ción para los demás. Solo una memo­ria redi­mi­da pue­de gene­rar un futu­ro dife­ren­te. La misión de la Iglesia es, pues, pro­mo­ver una ver­da­de­ra « puri­fi­ca­ción de la memo­ria histó­ri­ca ». San Juan Pablo II lo recor­dó con fuer­za duran­te el Jubileo del año 2000, cuan­do habló de la nece­si­dad de puri­fi­car la memo­ria como un acto pro­fun­da­men­te espi­ri­tual, capaz de tocar las raí­ces de la iden­ti­dad y del dolor.

Soy muy con­scien­te de que este es un tema ina­cep­ta­ble para muchos. Quizás para algu­nos sea un tema « dema­sia­do cri­stia­no », para otros pue­da pare­cer utó­pi­co, o inclu­so algo que hay que recha­zar. Pero no impor­ta. Esta es la con­tri­bu­ción, la misión, que el Cordero nos con­fía. El testi­mo­nio al que esta­mos desti­na­dos, la « pro­me­sa y pro­fe­cía » que debe soste­ner nue­stro pere­gri­nar en la Ciudad Santa, en nue­stra Iglesia : atre­ver­nos a una visión que no nace de la pose­sión, del mie­do o de la rei­vin­di­ca­ción, sino de la reden­ción de la histo­ria. ¿Qué Iglesia sería­mos si no tuvié­ra­mos el valor de seña­lar un mun­do que aún no exi­ste, pero que Dios nos pro­me­te y que ya vislum­bra­mos en el hori­zon­te ?

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En la pri­me­ra par­te de esta Carta hemos habla­do del escep­ti­ci­smo. Es un sen­ti­mien­to muy exten­di­do en nue­stras comu­ni­da­des : escep­ti­ci­smo hacia las insti­tu­cio­nes, la polí­ti­ca, las pala­bras y, a veces, inclu­so hacia el futu­ro. Sin embar­go, debe­mos reco­no­cer que el escep­ti­ci­smo, cuan­do se con­vier­te en una acti­tud per­ma­nen­te, ter­mi­na por para­li­zar. Estamos lla­ma­dos a respon­der a este escep­ti­ci­smo con con­fian­za.

No se tra­ta de un opti­mi­smo inge­nuo ni de una acti­tud que igno­ra la dure­za de la rea­li­dad. La con­fian­za cri­stia­na nace de la fe y es una elec­ción a con­tra­cor­rien­te. Es la cer­te­za de que Dios no ha aban­do­na­do la histo­ria al caos y per­ma­ne­ce cer­ca de quie­nes sufren, de quie­nes son per­se­gui­dos, de quie­nes son recha­za­dos. Es la con­vic­ción de que una vida entre­ga­da y dona­da por amor nun­ca se pier­de.

Pensemos en Abraham y Sara. Humanamente, ya no había per­spec­ti­va para ellos. Sin embar­go, Dios los visi­tó y les con­fió una pro­me­sa. La con­fian­za nace siem­pre de una visi­ta de Dios. Por eso debe­mos rezar para que el Señor visi­te de nue­vo nue­stras comu­ni­da­des, nue­stras fami­lias, nue­stros cora­zo­nes. Solo así pue­de nacer una espe­ran­za que no defrau­da.

En la prác­ti­ca, esta con­fian­za nos impul­sa a apoyar y dar visi­bi­li­dad a todas las ini­cia­ti­vas, per­so­nas y rea­li­da­des que, en nue­stro ter­ri­to­rio, siguen creyen­do en el otro y pro­mo­vien­do el arte del encuen­tro. Pero no basta con sumar­se a lo que hacen otros : esta­mos lla­ma­dos a con­ver­tir­nos noso­tros mismos en pro­mo­to­res de este esti­lo de pre­sen­cia, asu­mien­do en pri­me­ra per­so­na el valor de la uni­dad.

Alguien podría pen­sar que se tra­ta de gestos insi­gni­fi­can­tes, por­que « aquí nun­ca cam­bia­rá nada ». Pero, aun­que así fue­ra, no pode­mos renun­ciar a mar­car la dife­ren­cia. Queremos ser esa pre­sen­cia pequeña, a veces incó­mo­da, que no se deja guiar por las nar­ra­ti­vas del odio, sino que con man­se­dum­bre y deter­mi­na­ción afir­ma la suya pro­pia : los cri­stia­nos no odian. Este es nue­stro testi­mo­nio, y es ya una pro­fe­cía.

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Sandro Magister ha sido fir­ma histó­ri­ca, como vati­ca­ni­sta, del sema­na­rio "L'Espresso".
Los últi­mos artí­cu­los en español de su blog Settimo Cielo están en esta pági­na.
Todos los artí­cu­los de su blog Settimo Cielo están dispo­ni­bles en español desde 2017 hasta hoy.
También el índi­ce com­ple­to de todos los artí­cu­los en español, desde 2006 a 2016.

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